miércoles, 12 de abril de 2017

¿"NO CONFRONTAR"? - A propósito de una consigna muy repetida en grupos provida

Red Federal de Familias (Misiones)





“No confrontar”. Estas palabras parecen conformar una suerte de seudo mandamiento –añadido, en base a la repetición, al antiguo decálogo– que se va colando en ciertos grupos católicos provida. Entre quienes militamos por la defensa de la vida y la familia, suele escucharse esa frase: “no confrontemos”. Se oye con frecuencia en reuniones y pasillos, se repite maquinalmente hasta en las charlas de amigos con quienes compartimos las mismas banderas. Es como cierto imperativo supremo que parece esconder este pensamiento: “Ni se nos ocurra confrontar porque si no, perdemos auditorio. Perdemos oyentes. Perdemos clientes”.
Bromas aparte, es llamativo que –en el obrar y en el pensar de muchos bautizados– se vaya extendiendo la tibieza y hasta cierto conformismo, lo que es especialmente alarmante cuando tiene lugar en los corazones de quienes deberían sentirse deseosos de cumplir con su misión profética de anunciar la Verdad, denunciando lo que se opone a ella. En vez de eso, parece privilegiarse la estrategia del marketing: “No confrontemos porque ‘queda mal’”. Pero, ¿la verdad es un “producto para vender”?
Esta consigna queda al desnudo ante un simple interrogante. ¿Por qué no confrontar? ¿No confrontar acaso para pretender hallarnos en una cierta calma paradisíaca de amorosa convivencia con quienes piensan muy distinto, promoviendo la cultura de la muerte? Si este es el motivo, no parece muy distinto a fingir. Contrariamente, de la Biblia misma surge que nuestra vida, lejos de ser un apacible camino, es un campo de batalla; un constante militar contra demonio, carne y mundo. ¿No es acaso una milicia lo que hace el hombre sobre la tierra? (Job 9,1).
¿Qué es lo propio de quien recibe la Verdad? Lo propio es vivir según ella, practicarla, predicarla, difundirla. Confrontar es, así, la casi espontánea e ineludible consecuencia de recibir la verdad en un mundo que vive contradiciéndola. No nos engañemos. Es imperioso que la Verdad sea dicha, sea elevada, sea exaltada y coronada ante la mentira, el error y la confusión. Lo que es y “lo que no es” entran siempre en colisión, de modo que lo falso no puede sino caer “como un rayo”, como cayó el enemigo mismo, según las palabras de Cristo (Lc. 10,18). Tan necesario, tan justo, tan debido es que la Verdad sea dicha, que si ya no quedara en el mundo ni un sólo cristiano con el valor suficiente para decirla en alta voz, entonces, no cabe duda, las piedras gritarían.



Solemos escuchar en reuniones o charlas de temas provida, muchas veces de manera bienintencionada, que no debemos confrontar. Pero, en definitiva, ¿qué es confrontar? Confrontar es poner una cosa delante de otra. En el campo de la defensa de la vida, ponemos las falacias de la cultura de la muerte frente a las verdades que brotan del plan de Dios para así dar por tierra con todas esas falsedades ideológicas. Así, la verdad –que no es otra que Dios mismo– termina brillando. Esplende. Desde la época de los más primitivos procesos judiciales, el confrontar resultó siempre un medio no sólo eficaz sino hasta necesario para llegar a lo cierto y, en consecuencia, impartir justicia. Agotados los medios pacíficos, no querer confrontar es una actitud que puede interpretarse como un desinterés por conocer. Y dado que el conocimiento tiene relación con la verdad, este desinterés implica también un desinterés por la verdad misma.
No querer confrontar cuando es obligatorio hacerlo es propio del alma que –aunque reconozca intelectualmente la verdad– prefiere no arriesgarse en cuanto a su testimonio, no sea que pierda amistades por decir lo verdadero. El ejemplo paradigmático –y muy adecuado para este inicio de Semana Santa– es Poncio Pilatos. Pilatos pasa a la historia como el que “no confronta”. No tenía la misma maldad de Herodes (a quien Cristo llamó “zorro”) pero, sin embargo, no quiso atraer alguna enemistad ni perder favores, convirtiéndose así en cómplice del mayor crimen de la Historia. Bajo las condiciones ya señaladas, no confrontar puede ser un síntoma tanto de relativismo –en tanto revela desinterés por la verdad– como también de mediocridad, pusilanimidad, cálculo, especulación. Revela falta de esperanza, falta de confianza en la propia verdad, falta de confianza en la fuerza demoledora de la verdad.
En contraposición, tenemos el evangélico ejemplo de la voz que grita en el desierto: San Juan Bautista, quien precisamente por confrontar con quienes obraban el mal, perdió su vida y conquistó la eternidad. ¿No se enfrentó acaso Santo Tomás Moro con un Enrique VIII, enfermo de poder, que le hizo pagar con su propia sangre la osadía de decir la verdad? ¿No confrontaron Santo Tomás de Aquino, San Agustín, San Atanasio con quienes desnaturalizaban tanto las verdades de la fe como otras verdades propias del orden natural? “Suma contra gentiles” tituló Santo Tomás a una de sus obras. ¿No era precisamente una invitación a la confrontación?
El santo grito de “¡Viva Cristo Rey!” –con el que tantos mártires entregaron su vidas–, ¿no fue acaso un confrontar a voz en cuello con el mundo que niega a Nuestro Señor la Realeza que le es propia?

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Cristiano que lees estas líneas. No te dejes confundir ni te confundas tú mismo. Agotadas las instancias anteriores, nadie puede prohibirte confrontar enérgicamente con quienes legitiman el aborto, la anticoncepción, con quienes pretenden naturalizar comportamientos antinaturales. Es una acción propia de tu militancia por el Reino. Si no confrontas hoy –cuando a nuestros jóvenes se los pretende sodomizar, cuando a nuestros ancianos y enfermos se los aniquila, cuando a nuestros niños se los asesina antes de nacer, cuando se pisotea nuestra fe y se escupe sobre nuestros sagrarios–, si no confrontas ahora, si no luchas ahora, ¿cuándo lo harás?
Para acicate de nuestras adormecidas conciencias, S. S. León XIII dejó estas palabras:

“Retirarse ante el enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamoreo para oprimir la verdad, es actitud propia o de hombres cobardes o de hombres inseguros de la verdad que profesan. La cobardía y la duda son contrarias a la salvación del individuo y a la seguridad del Bien Común, y provechosas únicamente para los enemigos del cristianismo, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. El cristiano ha nacido para la lucha”.

Julieta Gabriela Lardies
Delegada RFF – Misiones

Juan Carlos Monedero (h)
Colaborador de la RFF-Misiones