domingo, 27 de marzo de 2016

SURREXIT DOMINUS VERE ALLELUIA!


Victimae paschali laudes
inmolent Christiani.
Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit pecatores.

Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.

Dic nobis Maria, quid vidisti in via?
Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis,
angelicos testes, 
sudarium et vestes
Surrexit Christus spes mea;
precedet suos in Galileam. 

Scimus Christum surrexisse
a mortuis vere.
Tu nobis victor Rex, miserere.

Amen. Alleluia.
____

A la Víctima pascual
ofrezcan alabanzas los cristianos.
El Cordero redimió a las ovejas:
Cristo inocente
reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la Vida se enfrentaron
en lucha singular.
El dueño de la Vida, que había muerto,
reina vivo.
Dinos, María, qué has visto en el camino?
Vi el sepulcro de Cristo viviente
y la gloria del que resucitó,
a unos ángeles, el sudario y los vestidos.
Resucitó Cristo, mi esperanza;
precederá en Galilea a los suyos
Sabemos que Cristo verdaderamente
resucitó de entre los muertos.
Tú, Rey victorioso, ten piedad
Amen, Aleluya.


lunes, 21 de marzo de 2016

SONETOS DE JESÚS CRUCIFICADO: "MADRE JUNTO A MI CRUZ"

Stabat Mater Dolorosa, Iuxta Crucis Lacrimosa...


MADRE JUNTO A MI CRUZ

                Cuando alguien va a morir, siente pasar por su retina todos los instantes de su vida como un conjunto de recuerdos apretados, agónicos. Jesús sabe que va a morir, y revive de repente los momentos todos de su existencia.
                Él también ha acogido el Reino de su Padre como un niño (Mc 10,15); ha vivido en esta infancia espiritual, como un niño en brazos de su madre (Sal 131,2). Cuando un niño siente cercano un peligro, una amenaza, grita por instinto a su madre para que le proteja y ampare. Desde la alta cruz, Jesús moribundo contempla a su madre. Entonces le dice aquellas palabras que recapitulan, como un abrazo maternal (y que hemos escrito adrede con las exactas rimas de los cuartetos del próximo soneto), toda su existencia de niño rodeada por María:

                Siempre estuve en tus brazos, madre amada.
                Entre tus brazos siempre, madre mía.
                Crecí en ellos, soñaba, me dormía:
                Mi casa, mi descanso, mi almohada.

                Su corazón humano recuerda (¿qué otra cosa es el corazón, sino el órgano de un palpitante recuerdo?) su primer alumbramiento, su nacimiento y su cuna en Belén, firmemente estrechado en los brazos de su madre, apretado por los más tiernos y seguros de sus brazos.
                Recitando el extenso y dramáticos salmo 22, Jesús pronunció aquellas palabras: “Tú eres quien me sacó del vientre; me tenías confiado a los pechos de mi madre; desde el seno pasé a tus manos” (vv. 10-11). Dios sacó a Jesús del vientre de su madre y lo confió a los pechos de María. En el regazo de su madre ha vivido.
                También María ha vivido por y para su Hijo. La vida de María, la madre de Jesús, ha sido un afligido alumbramiento: ha dado a luz a Jesús en un parto continuado. El Evangelio lo registra dolorosamente. El primero aconteció en Belén cuando fue niño (Lc 2, 6-20); el segundo cuando a los doce años le hizo sufrir, mostrándole tras la angustiosa búsqueda de tres días que él tenía que estar en la casa del Padre (Lc 2, 48-49); y ahora, en la Cruz sucede el tercer y definitivo parto, cuando va a morir. Ambos, la madre y el hijo, están penando. María por Jesús. Jesús por María. Ésta porque es madre y sólo una madre conoce la honda llaga de tal dolor. Ver a su hijo Jesús morir en la cruz es la espada que se le clava en el corazón, traspasándolo de parte a parte.
                “No me corresponde a mí hablaros de los dolores de María; meditadlos vosotros. Sólo os diré que del mismo modo que todo el gozo de la Santa Virgen consiste en ser Madre de Cristo, todo su martirio nace del mismo amor. No hay fuerza que pueda romper lo que la naturaleza unió tan fuertemente. Cuando la primera comunión termina, nace otra formada por los lazos del amor, y la madre lleva al hijo como si no hubiese salido aún de sus entrañas, hasta el punto que basta que el hijo sufra para que el corazón de la madre salte.
                “Os pondré un ejemplo. Cuando la cananea pide al Señor que cure a su hija, le dice: “Ten piedad de mí, mi hija está poseída por el demonio” (Mt 15, 22). Porque le basta pensar en los dolores de su hija. En ella padezco, sus dolores son los míos; a ella la atormenta el demonio, y a mí, la naturaleza, y los golpes que le infligen llegan hasta mí.
                “¡Padre eterno! No tenéis por qué eclipsar el sol si pensáis en María, ni por qué apagar las luminarias del cielo. Ya no hay luz para esta Virgen. No es necesario que sacudáis los cimientos de la tierra, ni que cubráis de horror la naturaleza, ni que amenacéis envolverla en el primer caos, porque después de la muerte de su Hijo no hay para ella sino tinieblas” (J. B. Bossuet, María al pie de la Cruz, Primer sermón del Viernes santo).
                La mirada de su madre será la postrimería de este mundo, el paisaje final, el último rostro humano que Jesús desde la cruz va a contemplar en esta historia que lo crucifica. Y otra vez, como cuando era niño, Jesús se confía a los brazos de su madre.
                Los hombres buenos nunca dejan de ser niños del todo. Las madres tampoco dejan nunca de ser madres. Jesús fue el primer orante que rezó a su madre el final del Avemaría.

Madre junto a mi cruz

¿Te acuerdas de Belén, de la nevada,
de aquella fría noche en que nacía,
con qué amor tu ternura me mecía
toda la noche hasta la madrugada?

También recuerdo, madre tu mirada
tan limpia, donde el sol resplandecía.
Cuando “hijo” me llamabas, sonreía
Niño el sol a la luna iluminada.

Es tarde, madre, el sol ya se ha ocultado.
Quédate. Quiero, como antaño, verte
madre junto a mi cruz, madre a mi lado.

Tenme en tu corazón tan tierno y fuerte;
entre tus brazos, madre, a tu hijo amado,
ahora, que es la hora de mi muerte.



P. Francisco Contreras Molina, Sonetos de Jesús crucificado, Ed. Verbo Divino, Navarra, 2001, p. 87-90.

sábado, 19 de marzo de 2016

19 DE MARZO: SOLEMNIDAD DEL GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSÉ

Salve Pater Salvatoris, Salve sponse Matris Dei!


A SAN JOSÉ:

Escuchen qué cosa y cosa
tan maravillosa, aquesta:
un padre que no ha engendrado
a un Hijo, a quien otro engendra.

Un hombre que da alimentos
al mismo que lo alimenta;
cría al que lo crió, y al mismo
sustenta que lo sustenta.

Manda a su propio Señor
y a su Hijo Dios respeta;
tiene por ama a una esclava,
y por esposa a una reina.

Celos tuvo y confianza,
seguridad y sospechas,
riesgos y seguridades
necesidad y riquezas.

Tuvo, en fin, todas las cosas
que pueden pensarse buenas;
y es fin, de María esposo
y, de Dios, padre en la Tierra. Amén.


(De la Liturgia de las Horas, Himno de Laudes)

lunes, 14 de marzo de 2016

IN MEMORIAM: JUAN MANUEL DE ROSAS

A 139 años de su muerte...


Marzo es un mes natural y marcial según su raíz etimológica, descendiente del dios guerrero Marte, con su leyenda mortífera referida a los fatales Idus para el desprevenido Imperator Julio César, no obstante su valor, pericia militar y prudencia cívica. Tal vez sea cierta la leyenda según la cual varios adagios premonitorios le avisaron que la traición no podía ser detenida por su “muy leal Décima Legión” y que su obra iba a quedar trunca. Tal vez…

Lo cierto es que fueron designios del Señor Dios de los Ejércitos con águilas y gladios cesarianos los que prepararon la cuna de Cristo en el mundo mediterráneo de la Roma eterna, que al decir de Ortega y Gasset, “era el proyecto de organización universal”.

Pero hay mucho más en los presentes Idus de este Año de Gracia de 2009, por lo que estas semanas se llenan de plena fertilidad. En su transcurrir, con el fin de mes, nos llega la Semana de Pasión. Y de ahí, horas hasta el Viernes de la Pasión de Cristo Jesús, sin el cual no hay Victoria sobre la muerte en la Pascua. Ella es un llamado matutino que nos ha de levantar siempre, siempre. Aparece entonces ante nosotros la pregunta eterna: ¿“Ubi est mors victoria tua’’?

Desde el atalaya de estos pensamientos miremos en la lejanía astronómica a uno de los gigantes de la Patria Grande, cuyo tránsito hacia Dios se produjo el 14 de marzo de 1877. Nos referimos a Don Juan Manuel de Rosas, ante cuya memoria se inclinan los albos, cuanto oribistas, pendones orientales, haciendo propio lo que de su tierra expresara León Degrelle, poeta y cruzado heroico:“el Pasado del país nuestro es el fondo de nuestra conciencia y nuestra sensibilidad…”,agregando el Jefe de la Legión Walona: “no somos más que una unidad con los demás hombres de nuestra Patria…” 

He aquí el por qué de estos párrafos dedicados al Restaurador, que configura al Héroe por excelencia. Así lo describe el mártir Jordán Bruno Genta: “…es el escogido para una difícil obediencia, para una suprema fidelidad. Su fuerza eleva a los pueblos hasta merecer la grandeza de su misión y los hace capaces de conquistar la libertad de la soberanía y el derecho a un nombre propio en la Historia Universal”.

Enfoquemos ahora su estampa de protagonista. Rosas “era el hombre más de a caballo de toda la Provincia”. Le sobraba personalidad. Su prestigio afirmado en su trato con la gente fue tomando estatura política desde 1820, y cuando su primer gobierno. Éste se acentuó con la “Campaña del Desierto”, en la que sembró simiente de trabajo y civilización como Julio César en las Galias, y en la que mostró la disciplina rígida impuesta a sus “Colorados del Monte”, cuerpo militarizado similar a la Décima Legión preferida por el Caudillo Romano de la antigüedad.

El advenimiento al gobierno del “Gaucho de los Cerrillos” ya se había abierto cuando acaeció el infame asesinato de Manuel Dorrego (1828), víctima de las maquinaciones inglesas en los días en que era seccionada la Provincia Oriental, tierra a la que contribuyera a liberar con su ayuda al General Lavalleja. Pocos años después, en febrero de 1835, la Patria “se sacudía espantada” ante el crimen cometido con el séquito y la persona del “Tigre de los Llanos”, General Juan Facundo Quiroga, que tenía la gloria imperecedera de haber resistido las concesiones mineras a Inglaterra y enfrentado las masónicas leyes rivadavianas a lanza y sable, llevando al frente la bandera de la tradición en la cual lucía la divisa “Religión o Muerte”.

La sangre de su mejor amigo derramada en Barranca Yaco hirió a Don Juan Manuel de tal manera, que hasta en las líneas de algún manuscrito de esas horas se observan rasgos especiales. Para enfrentar el caos y castigar a los criminales acepta la gobernación con la Suma de Poder Público. Era el 7 de marzo de 1835.

Desde ese momento y hasta 1852 fue el Restaurador de las Leyes, el César de la Patria Grande. Orientó su gestión de gobierno con una política nacionalista y americana. En lo económico terminó con el liberalismo aduanero, disponiendo normas de protección.

Su decreto del año 1835 fue “más proteccionista que la política establecida por Artigas”,golpeando fuertemente a las importaciones con recargos especiales, con lo que benefició a las tejedurías y a los agricultores criollos. Cabe señalar en cuanto al mercado interior la exoneración del pago a los productos pecuarios uruguayos y a los que “por tierra” llegaran desde Chile.

La disolución del Banco Nacional, instrumento del comercio inglés y de la oligarquía unitaria, merece ser destacado con unos párrafos del decreto rubricado por el Restaurador. Leamos: “Esta institución ha contaminado a la provincia… (se ha convertido en) árbitro de los destinos del país… y de la suerte de los particulares… dio rienda suelta a todos los desórdenes que se pueden cometer con una influencia tan poderosa…”

Cuando el expansionismo inmoral de Francia e Inglaterra envolvió las orillas del Plata, Rosas fue brazo poderoso en la defensa del “Sistema Americano”. Era la Patria Grande de la edad heroica que los historiadores plumíferos de las logias declararon baldía.

Hoy, don Juan Manuel de Rosas regresa, y su figura cobra dimensión y presencia cuando vemos degradarse las soberanías nacionales sometidas a los poderes mundialistas como la OTAN, el Banco Mundial, el G8, el FMI y las Cortes Penales Internacionales, establecidas con sentido siniestro por la tiránica sinarquía globalizadora.

Por ello, hoy más que nunca, le decimos al Ilustre Restaurador: ¡PRESENTE!



Luis Alfredo Andregnette Capurro

sábado, 12 de marzo de 2016

¿JESÚS O BARRABÁS? (por Francisco Luis Bernárdez)


¿JESÚS O BARRABÁS?


Este ladrón es Jesús,
y este ladrón Barrabás.
¿A cuál de los dos queréis
que os entregue en libertad?
Es necesario elegir,
por toda la eternidad,
entre un ladrón verdadero
y este ladrón: la Verdad.

—¿Queréis que os suelte a Jesús?
—Suéltanos a Barrabás.


El uno roba los bienes,
el otro la voluntad;
aquél para su provecho,
éste para nuestra paz;
el primero por malicia,
el segundo por bondad;
Jesús para nuestro bien,
para su bien Barrabás.

—¿Queréis que os suelte a Jesús?
—Suéltanos a Barrabás.


El uno por lo de aquí
y el otro por lo de allá,
cada cual según su amor,
cada cual según su afán,
ambos despojan al hombre
de su vida y su caudal:
Barrabás, de todo el oro,
y Jesús de todo el mal.

—¿Queréis que os suelte a Jesús?
—Suéltanos a Barrabás.


Los dos esperan al hombre
sin cansarse de esperar:
Barrabás, días y noches,
Jesús, una eternidad;
cada cual a su manera,
cada cual en su lugar:
uno en las encrucijadas
y otro en la cruz de verdad.

—¿Queréis que os suelte a Jesús?
—Suéltanos a Barrabás.



Francisco Luis Bernárdez,
«Jesús y Barrabás», Versos de la Semana Mayor, pp. 140‑41.


    Con estos llamados «Versos de la Semana Mayor», el poeta argentino Francisco Luis Bernárdez nos lleva a la conocida escena del juicio de Jesucristo, el Hijo de Dios, ante Poncio Pilato, el gobernador de Judea. Lo hace con licencia poética propia del caso, por medio de Pilato, como si éste fuera un vidente que quisiera revelarnos sus pensamientos. Porque lo que Bernárdez pone en boca de Pilato no lo pudo haber sabido aquel gobernador romano con antelación al juicio. Pilato ni siquiera recibe el famoso recado de su esposa sino hasta después de haber comenzado el juicio, cuando ya le ha preguntado por primera vez a la multitud si quiere que le suelte a Barrabás o a Jesús, al que llaman Cristo. Y lo único que manda a decirle su esposa en ese recado es que no se meta con Jesús, al que ella llama justo, pues por causa de Él, ella acaba de sufrir mucho en un sueño (Mt 27, 17-19).
    Lo que hace Pilato, en la pluma de Bernárdez, es enfocar de un modo inusitado, pero bien pensado, la decisión funesta de la multitud. Con voz profética, le hace ver al pueblo judío que la verdad del caso es que no les corresponde escoger entre un justo y un ladrón, sino de cierto modo entre dos ladrones. Barrabás roba los bienes por malicia, para su provecho y su propio bien, mientras que Jesús roba la voluntad por bondad, para nuestro bien y para que tengamos paz. No es que Jesús nos robe la voluntad en el sentido de quitarnos el libre albedrío con que nos creó, sino todo lo contrario. Él nos roba la voluntad en el sentido de darnos la opción de permitir que, en nuestra vida, se haga su voluntad divina en lugar de la nuestra.
Bernárdez, en voz de Pilato, tiene razón acerca de la Verdad. Cristo, por amor, quiere despojarnos de todo mal para darnos, en su lugar, vida eterna. Y nos espera «sin cansarse de esperar», con los brazos abiertos, como lo ha hecho desde el momento en que dio su vida por nosotros en la cruz del Calvario hasta hoy, más de dos siglos después de que resucitó y se sentó a la derecha del Padre en la gloria celestial (Ro 8, 34). Ahora sólo nos toca decidir: ¿Vamos a darle a aquel Jesús plena libertad en nuestra vida?
Carlos Rey

jueves, 3 de marzo de 2016

LA NEGACIÓN DE SAN PEDRO




















El Gallo

Me dijeron: —¿Lo conoces?
Respondí: —No sé quién es.
Y el gallo, que me escuchaba,
cantó, por primera vez,
con una voz tan potente
que, sobre la tierra fiel,
arrastraba como un viento
mis promesas de papel.

El gallo cantó tres veces,
y otras tantas te negué.

¿Estabas con Jesucristo?
Jamás estuve con él.
Y el gallo, que me escuchaba,
cantó por segunda vez,
conmoviendo con su canto
la tierra bajo mis pies,
pero no el alma dormida
como una piedra en mi ser.

El gallo cantó tres veces,
y otras tantas te negué.

¿Eres uno de los suyos?
Ni lo soy ni lo seré.
Y el gallo, que me escuchaba,
cantó por tercera vez,
para que el mundo supiera
que ya estaba por nacer
un día que no sería
de arena, como mi fe.

El gallo cantó tres veces,
y otras tantas te negué.

Después de escuchar tres veces
mi traición y el canto aquél,
el Señor clavó los ojos
en mi corazón infiel,
y los hundió tan adentro
que de dolor desperté,
y ante la noche sagrada
lloré por primera vez.

El gallo cantó tres veces,
y otras tantas te negué.

Francisco Luis Bernárdez
«El gallo», Versos de la Semana Mayor, pp. 13839.

(Pintura: "La Negación de San Pedro", Caravaggio, Metropolitam Museum, New York.)



"...el Señor clavó los ojos en mi corazón infiel..."


            Así narra en verso el poeta argentino Francisco Luis Bernárdez la historia del gallo de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Lo hace de manera excepcional desde el punto de vista del apóstol Pedro: el mismo Pedro que quiso caminar con Cristo sobre el lago de Galilea, pero no tuvo suficiente fe para lograrlo;[1]  el mismo Pedro que no pudo mantenerse despierto en el huerto de Getsemaní mientras Cristo velaba en oración;[2] el mismo Pedro que, por no comprender que Cristo tenía que morir por los pecados del mundo, le cortó la oreja al siervo del sumo sacerdote cuando Judas entregó a Cristo en manos de sus enemigos.[3]
           Esa misma noche, mientras aquellos enemigos procesaban a Cristo injustamente a fin de crucificarlo, Pedro lo negó tres veces,[4] ¡a pesar de que Cristo mismo le había dicho que iba a hacerlo y Pedro le había asegurado que eso jamás sucedería![5]  Pero esa es la parte del relato de Bernárdez que ha hecho historia, acuñada en dichos y refranes, que conocen hasta los que no son seguidores de Cristo.

            La parte que está en tela de juicio, en la que se toma licencia poética el escritor argentino, es la frase al final del poema en la que dice que, cuando el gallo de la Pasión cantó por tercera vez, Pedro lloró por vez primera. No podemos saber con certeza si fue por primera vez, porque el texto bíblico no arroja luz sobre esto. Pero tratándose del que, al parecer, era el más valiente de los apóstoles, es probable que esa haya sido la primera vez que Pedro llorara y, más aún, «amargamente», como dicen las Sagradas Escrituras.[6]
            Menos mal que Pedro permitió que se rompiera el dique de sus lágrimas, pues a causa de su arrepentimiento sincero Jesucristo lo restituyó, preguntándole tres veces si de veras lo amaba. Con eso Cristo le dio a entender que ya lo había perdonado por las tres negaciones.[7]  Y con eso Pedro pudo experimentar en carne propia la veracidad de la bienaventuranza de Cristo que dice: «Dichosos los que lloran, porque serán consolados.»[8] 

Carlos Rey





[1] Mt 14:22-33; Mr 6:45‑51; Jn 6:15‑21
[2] Mt 26:36‑46; Mr 14:32‑42; Lc 22:40‑46
[3] Mt 26:51‑56; Lc 22:49‑53
[4] Mt 26:69‑75; Mr 14:66‑72; Lc 22:55‑62; Jn 18:16‑18,25‑27
[5] Mt 26:31‑35; Mr 14:27‑31; Lc 22:31‑34
[6] Mt 26:75; Lc 22:62
[7] Jn 21:4‑19
[8] Mt 5:4