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martes, 6 de noviembre de 2018

RAZA ARGENTINA: LA HISPANIDAD (Por Marcos Rial)




Un poco de historia
         En el 480 a.C., 300 guerreros espartanos se atrincheraron en el paso de las Termópilas impidiendo que el ejército persa invadiera Grecia y aniquilara su cultura. El sacrificio de Leónidas y sus guerreros significó la victoria definitiva sobre las pretensiones persas sobre la península.
         En el 732 Carlos Martel vence a los musulmanes en Poitiers frenando de una vez y para siempre el avance islámico hacia el corazón de Europa. Su nieto Carlomagno los expulsaría definitivamente de la península Ibérica.
         En 1571 la Santa Liga salió al encuentro de la armada otomana en Lepanto y puso fin al expansionismo musulmán en el Mediterráneo. Miguel de Cervantes Saavedra, el Manco de Lepanto, la calificó como “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”.
         ¿Qué es lo que tienen en común estos acontecimientos históricos? Que de no ser por ellos hoy no estaríamos acá, en Argentina, en América siendo quienes somos.

¿Quiénes somos?
         El Día de la Raza, fecha hoy tan bastardeada, se conmemora la llegada de Colón al Continente Americano y la posterior conquista y evangelización de estas tierras. Los conquistadores trajeron el cristianismo y la hispanidad. ¿Y qué es la hispanidad?
         Lejos de la leyenda negra que predica la masacre y aniquilación sanguinaria de los nativos americanos, la hispanidad es ante todo una identidad. Identidad y cultura que se remonta a la Acrópolis de Atenas y el Foro Romano, al gótico de Chartres y a la Universidad de París, a la Basílica de San Pedro y la Piedad de Miguel Ángel, al Mesías de Haendel y a la Inmaculada de El Greco, al Quijote de Cervantes y al Martín Fierro de José Hernández.
         Hispanidad son también las Cruzadas en Tierra Santa, la Conquista de Granada por los Reyes Católicos, la Armada Invencible de Felipe Segundo y los tercios del Imperio Español.
         Podríamos pasarnos páginas enteras enumerando sucesos, obras y personajes que son parte de la cultura hispana. Pero lo importante es subrayar que nosotros como argentinos del siglo XXI, somos herederos de todos ellos. Sí, de todos. La identidad hispanoamericana implica un acerbo cultural y espiritual e inmensamente rico que debería llenarnos de orgullo antes de sentir vergüenza o abjurar de él como hoy está tan de moda.

¿Nuestra Patria está afuera?
         Si existe alguien que pueda dudar de la importancia de la patria, vaya para él lo que Fray Tomás de Aquino, cuya vida se desarrolló entre imponentes catedrales góticas y universidades creadas por la Iglesia Católica nos enseña:
         Después de Dios, los padres y la patria son también principios de nuestro ser y gobierno, pues de ellos y en ella hemos nacido y nos hemos criado. Por lo tanto, después de Dios, a los padres y la patria es a quienes más debemos. Y como a la religión toca dar culto a Dios, así en un grado inferior, a la piedad pertenece rendir un culto a los padres y a la patria.
         “Pero yo soy argentino, ¿qué tienen que ver España y Europa conmigo?” podría preguntar alguno. Patria, mi querido argentino, significa etimológicamente “lugar de los padres” y nuestros padres no son sólo los que tenemos por sangre, sino todos ellos que hicieron posible que hoy estemos aquí, desde el espartano Leónidas hasta el genovés Cristóbal Colón.
         Aunque hoy estemos emancipados España seguirá siendo siempre nuestra madre y como toda madre merece ser amada y respetada, aunque hoy no la veamos bien. Y si España es nuestra madre, Europa es nuestra abuela y así podemos remontarnos hasta donde querramos. Sólo sabiendo de dónde venimos es posible saber quiénes somos y así poder decidir a donde vamos. Somos de raza hispana, argentinos, y eso es un don, no lo enterremos.
Marcos Rial
Director de Investigación
SITA Joven


martes, 4 de septiembre de 2018

LA UNIVERSIDAD ARGENTINA Y EL DESTRONAMIENTO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN (Por Eduardo Peralta)




“La Reforma es el resultado de un largo y oculto proceso social,
producido por el encuentro y lucha entre las viejas y
las nuevas generaciones, entre la mentalidad tradicional
y la mentalidad moderna y, específicamente
entre catolicismo y liberalismo”.

(Julio V. González, La Universidad:
teoría y acción de la Reforma, 1943)

1.  Una cuestión religiosa

         Con profunda tristeza terminamos la jornada del pasado jueves 30 de agosto, siendo testigos del vil destronamiento de la imagen de la Virgen, bajo la advocación de María Auxiliadora, del hall central de la Facultad de Filosofía Humanidades y Artes de la UNSJ. La misma fue entronizada aproximadamente veinte años atrás por un grupo de estudiantes y profesores, algunos de los cuales me honran con su amistad.
         En la vitrina vacía quedó una bandera del lobby LGTBQ y un preservativo inflado. A su alrededor, en las paredes, papel higiénico empapado en orina, que los grupos disidentes arrojaron a la ermita y al grupo de personas que nos encontramos custodiando la imagen durante unas horas. María, la Reina Universal, no sólo no reinaba, sino que era totalmente destronada y apartada de la universidad. Lo mismo ocurrió en otras provincias y probablemente seguirá ocurriendo en otras Facultades del país.
         «Queremos una universidad laica, por eso ¡fuera la Virgen!», hemos escuchado. Sin embargo, la presencia de estas imágenes no alteraban de modo alguno el accionar de las universidades, ni obstaculizaban la enseñanza laica (la mayoría de las veces anti-tea). Por el contrario, pasaba desapercibida.
         ¿Por qué ahora este brote de odio tan visceral contra cualquier tipo de connotación religiosa? Amén de traer por enésima vez que detrás de toda cuestión política hay una cuestión religiosa, como sentenciara Donoso Cortés, hay que decir que la derrota sufrida por  el sector pro aborto al no ver realizada una ley que legalice el asesinato del inocente, les está pesando bastante. Tanto, que algunas personas parecen darse cuenta –sin saberlo-, de que la sentencia del español es totalmente cierta, puesto que inventaron el pañuelo naranja de separación de Iglesia y Estado, lanzaron la apostasía colectiva, quemaron y ultrajaron nuevamente algunos templos, entre otros vejámenes de siempre y, ahora, se lanzaron en tropel contra Nuestra Señora.

2.  La decadencia universitaria

           Este año se cumplen 100 años de la Reforma Universitaria del 18’. Revuelta que tuvo en esencia el mismo veneno, la misma ideología demoledora: el Liberalismo. El cual pretende romper toda religadura con lo trascendente, empezando por supuesto, por Dios.
         Francisco Vocos, entre otros, analizó el proceso decadente que ha sufrido la Universidad[1]. El primer paso fue dejar de ser un lugar de Sabiduría, para convertirse en una universidad meramente filosófica, donde la inteligencia se desplaza de Dios hacia el propio Hombre buscando su deificación.
         El segundo paso de esta caída fue la universidad científica, en la cual el pensamiento cartesiano desembocará en las distintas formas de positivismo[2]. Aquí la Metafísica que ya había olvidado la Teología y la había reemplazado, dejan lugar a las ciencias particulares y empíricas.
         La tercera caída, según Vocos, fue la transformación de la universidad en un “centro de formación profesional dependiente del Estado”[3], universidad profesional. Aquí no se busca ni siquiera la verdad empírica o demostrable, sino una profesión: ganar dinero. Se va a la casa de estudios en procura de un título habilitante. No interesa tanto aprender, como egresar.
         Luego tenemos la universidad burocrática. Una institución de gobierno. La preocupación de los universitarios pasa a ser la obtención de poder, el gobierno de la universidad”. De este modo “el modesto objetivo intelectual de la Universidad profesional es sustituido por un objetivo político” y la vida universitaria se configura, en orden a este objetivo, como una “actividad electoral permanente”. El dogma democrático y sufragista entraría en vigencia como nunca: “la autoridad se constituye entonces en un patrimonio del partido que tiene la mayoría de los sufragios”, “la conquista del gobierno se convierte en el principal objetivo de la acción política, no para la realización de un programa, sino como una necesidad partidaria, y la administración se considera como un botín de guerra”[4]. El planteo político en lo universitario, explica Vocos, trajo consigo todo el complejo mecanismo de la política electoral, formando bandos “llenos de ambiciones y de pasiones antagónicas y la vida universitaria se convirtió en una maraña de intrigas, bajezas y desvergüenzas”[5].
         En este contexto se llevaría a cabo la Reforma de 1918, que no fue otra cosa que el triunfo del Liberalismo y del Laicismo en la Universidad. Fue un movimiento que “no es más que el fruto maduro, el resultado natural y lógico del proceso de descristianización del país”[6], que se había acelerado a fines del siglo XIX. Potenciado, esta vez, por la fuerza destructora de la dialéctica revolucionaria que estaba en auge con la Revolución Rusa. Durante el 18’ entonces “se rebelaron abiertamente y atropellaron contra todo lo que había de sagrado en la existencia y de respetable en la sociedad: Dios, la Iglesia, el Sacerdote, la Familia, la Patria”[7].
         Lo que sucede hoy, y sucedió hace 100 años fue precisamente una revolución espiritual. Bien lo ha dicho Francisco Vocos; y como detalló Julio V. González luego de exponer lo que dejamos como cita de inicio:
    “Con respecto a su naturaleza nadie ignoraba que se trataba de un movimiento liberal y revolucionario, en cuanto él iba en contra del orden establecido, si bien no llegaron a convencerse de que este liberalismo se especificase como anticlericalismo o anticatolicismo”[8].
         Así como hoy escuchamos el grito ¡fuera Iglesia!, ¡fuera Virgen! (al menos reafirman un dogma de Fe), hace cien años gritaban ¡Frailes no!:
    “Al destrozar  los revoltosos en el salón de grados únicamente los cuadros de los clérigos al pretender asaltar el convento vecino y al adoptar desde aquel instante como gritos de lucha, los de «frailes no»… y otros por el estilo, se estaba llamando simultáneamente a definirse. A partir de aquella asonada el movimiento toma, pues su orientación definitiva y con ello adquiere la trascendencia con que ha sido registrado. Es entonces cuando la lucha se traba a la luz de la meridiana como el choque de las fuerzas liberales con las clericales”[9].
         No debe olvidarse que el movimiento izquierdista Franja Morada, que todavía existe, tiene su origen en la revuelta del 18’ y le debe su nombre a la profanación de los ornamentos litúrgicos. Precisamente de las estolas moradas. En consecuencia, los estudiantes de nuestros días no han logrado nada. No inventaron nada nuevo. Le deben todo a los universitarios de antaño, al veneno iluminista y jacobino, a la perversión marxista, a la estrategia de Gramsci. En suma, a personas más inteligentes y astutas que los personajes simiescos que deambulan por los pasillos facultativos.
         Penetrado, entonces, el liberalismo y el comunismo, puesto que este último es hijo natural del primero –como bien enseñó Pío XI en la Divini Redemptoris[10]–, se terminaba de acabar la universidad como tal. La que alguna vez fue. Nacida no en la antigüedad pagana, ni en el Siglo de las Luces, sino en el seno de la Cristiandad. Paris, Bolonia, Salerno, Montpellier, Oxford, Cambridge, Coimbra, Palencia, Salamanca, no son sólo nombres de ciudades, sino también el de las primeras y más grandes universidades conocidas. Nacidas del espíritu y el orden social católico medieval. De la edad oscura, como dicen. Paradójicamente la más luminosa y fructuosa de las edades.
         El caso argentino no es distinto. No es por casualidad que hemos tocado el tema de la Reforma de 1918, puesto que el escenario de tal movimiento revolucionario fue precisamente la Universidad Nacional de Córdoba, una de las primeras de América y en nuestro país la primera y única durante más de dos siglos. Nacida de la obra de la Compañía de Jesús, fue fundada en 1613, luego de  haber sido creado el Collegium Maximum tres años antes. La Docta, como se la conoce, recibiría el 8 de agosto de 1621 la facultad de conferir grados, de manos del mismo Papa Gregorio XV. Para mayor pesar de los grupos anticatólicos y antiespañoles, la fundación de la universidad y otorgamiento de títulos quedó ratificado por el rey Felipe IV a través de la Real Cédula (2 de febrero de 1622). El principio de los males vendría con la victoria del liberalismo masónico que se propagó luego de la batalla de Caseros (1853). De modo que ya en 1854 se nacionalizó la institución y dos años después se promulgó la Ley N° 88, que ratificaría definitivamente tal hecho.

3.  Liberalismo y laicismo como nueva religión

         Debemos decir, entonces, que el Liberalismo y sus ideologías afines -democracia incluida-, no son más que otra religión. El laicismo es una ideología religiosa. La democracia –escribe Georges Burdeau- es hoy una filosofía, una manera de vivir, una religión y, casi accesoriamente, una forma de gobierno”[11]. El liberalismo, es la libertad convertida en absoluto, como explica Anibal D’Angelo Rodríguez[12], el cual termina por convertirse en licencia y aspiración para hacer lo que cada uno quiera. Y en la misma línea el Padre Castellani había estudiado el carácter esencialmente religioso y teológico del liberalismo, diciendo que se trata de una herejía[13]. Es una “peste perniciosísima”, dirá el Papa Pío IX. Y en una palabra no lo podría haber dicho mejor Sardá y Salvany, el liberalismo es pecado[14].
         El Laicismo, argumento esgrimido para arrojar fuera todo símbolo sagrado, tiene tres acepciones: una opuesta a la confesionalidad del Estado (separación Iglesia  y Estado), otra, contraria al clericalismo, o sea la intromisión del clero en la política. Y la tercera, rechazo de lo sacro, desligando la política de cuanto se vincule a lo sagrado[15].
         Que el Laicismo no es otra cosa que lo anti-religioso y que la educación laica se torna indefectiblemente en irreligiosa, lo ha explicado hace ya tiempo el Papa Pío XI, en su Encíclica Divini Illus Magistri:
    “Puesto que la educación esencialmente consiste en la formación del hombre tal cual debe ser y como debe portarse en esta vida terrena para conseguir el fin último, así, en el orden actual de la Providencia, o sea, después que Dios se nos ha revelado en su Unigénito Hijo, “camino, verdad y vida”, no puede existir educación verdadera y completa si la educación no es cristiana… (en consecuencia) la escuela llamada neutra o laica, de la que está excluida la religión… no es prácticamente posible, porque de hecho viene a hacerse irreligiosa” (n° 38)
         Y en su Encíclica Quas Primas el pontífice acusaba al laicismo como el principal error engendrado por la Modernidad, que desconoce a Cristo como Rey Universal:
    “La peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos” (n. 23).
         Ya lo había condenado el mismísimo Papa Pío IX en el Syllabus en la proposición errónea anematizada n° 45: “Todo el régimen de las escuelas públicas… puede y debe ser de la atribución de la autoridad civil”.
         Escuché decir a una de las alumnas durante el conflicto en la universidad sanjuanina, con su respectivo pañuelo en el rostro, que ya desde 1820 que la educación es laica. Desde la Ley 1420. Y no carece de razón. El mismo Padre Julio Meinvielle señalaba que el laicismo es una “enormidad que ha sugerido el diablo para reconquistar la tierra cristiana”. Y refiriéndose a la Ley 1420, impulsada ideológicamente también por nuestro Sarmiento, dice que “viola los derechos de Dios, que debe reinar como maestro”[16]. Por eso Jordán Bruno Genta se lamentaba diciendo que los argentinos padecemos desde hace generaciones una pedagogía antimetafísica y antinacional; una pedagogía liberal, positivista y utilitaria, que ha llegado a hacernos desear un alma extranjera, que nos ha ahondado un sentimiento de inferioridad, hasta el punto de avergonzarnos de nuestras tradiciones espirituales y de nuestro linaje español”[17].
         Cómo solucionar el problema universitario, se preguntaba el P. Leonardo Castellani, y respondía: la solución del problema universitario es que por ahora no tiene solución. Hay que volver a Dios, decía, como la vuelta del hijo Pródigo. En suma, es ir al momento anterior a dar el primer paso en caída señalado por Francisco Vocos. Retornar a una universidad de la Sabiduría, donde el conocimiento de Dios como Verdad suprema, sea una realidad y no un invento de estudiantes chupacirios. Lo que le pasa a la universidad hoy, dice Castellani, es muy sencillo: no tiene a Dios. Y sin Dios el hombre puede hacer muy pocas cosas divinas. “Volver a Dios, ¿cómo se hace? Prohibiendo la blasfemia[18].

4.  La Santísima Virgen destronada

         La Virgen fue destronada, pero no hablamos precisamente con términos materiales. Fueron vaciadas las ermitas, sí, pero primero la destronaron de su corazón, entronizando en él un odium fidei, odio por la fe y por todo lo que a ella se refiera. Le quitaron el cetro que la nombraba Reina de las Naciones, para ubicar el del propio orgullo, el de la libertad absoluta y el de un feminismo que está en las antípodas de la dignidad de la mujer de la cual Ella es el único modelo. Tal como expresara Juan Pablo II en su Encíclica Mulieris dignitatem, “la mujer se encuentra en el corazón mismo del acontecimiento salvífico” ya que es “con la respuesta de María cuando realmente el Verbo se hace carne… De esta manera la plenitud de los tiempos manifiesta la dignidad extraordinaria la mujer” (nn. 3y 4).
         En otro tiempo nuestra Patria contaba con hombres recios que no vacilaban en defender de sus enemigos a Dios y a su Madre Santísima. Meditemos en aquella norma dada al ejército por el General San Martín al Ejército (siguiendo la lógica, deberían destronar también sus bustos y monumentos):
    Todo el que blasfemare el Santo Nombre de Dios o de su Adorable Madre, o insultare la Religión: por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza atado a un palo en público por el término de ocho días; y por segunda vez será atravesada su lengua por un hierro ardiente, y arrojado del cuerpo. Sea honrado el que no quiera sufrirlo; la Patria no es abrigo de crímenes”.
         En otro tiempo también nuestros pastores se pronunciaban sin reparar en la opinión de las mayorías, sino tan sólo en la Verdad perenne. El Episcopado Argentino en conjunto diría un 20 de febrero de 1959 que “el liberalismo o laicismo, en todas sus formas, constituye la expresión ideológica propia de la masonería”. Hoy, en cambio, es notable como el discurso intenta conciliar con el mismo liberalismo, dejando de lado aquello de San Pío X sobre el liberalismo: “el sacerdote, verdadero sa­cerdote, debe revelar al pueblo confiado a sus cuidados sus peligrosas asechanzas y sus malos objetivos”[19].
         El discurso actual[20], en cambio, cuando no guarda absoluto silencio, se expide sobre una “tradición católica multisecular”, pero sabemos por nuestra historia que el catolicismo tradicional argentino no siempre lo fue. En cambio, se dice que hay un catolicismo que responde a un “integrismo católico”. Mantenerse firmes en la Fe al parecer no es lo importante, sino que tenemos una nueva “virtud de la tolerancia”[21]. Como estrambote final se dice que “solo en democracia los ciudadanos podemos discutir”, respetando y defendiendo el “alto valor democrático que es el derecho a la libre expresión”. La “libertad religiosa de los ciudadanos” es la que debe quedar intacta, mas no la integridad de la Fe. Siempre se deja la solución a criterio de las mayorías, siguiendo una proposición puramente liberal democrática.
         Se ha olvidado aquellas enseñanzas del Magisterio que, contrariando la postura que defiende que “la libertad de conciencias y de culto es un derecho propio de cada hombre”, y que todo Estado debe garantizar como ley fundamental -además de que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas “sin que la autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma”. Contra esto, ya denunciado y condenado como “locura” por Gregorio XVI, declara Pío IX que “al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que con ello predican la libertad de perdición”. Más todavía: “si se da plena libertad para la disputa de los hombres, nunca faltará quien se atreva a resistir a la Verdad”, “pero Nuestro Señor Jesucristo mismo enseña cómo la fe y la prudencia cristiana han de evitar esta vanidad tan dañosa”[22].
         Concluyamos alentando a los fieles a expresarse públicamente por el Reinado Social de Cristo y proclamando un desagravio público ante los hechos que diariamente suceden. Por fin, además de ofrecer oraciones y sacrificios en reparación por las ofensas cometidas, repitamos aquellos versos populares a la Reina de toda la Creación, sabiendo que al final su Inmaculado Corazón triunfará:

Oh, Virgencita que luces,
ojos de dulces miradas,
que vieron pasar espadas,
que dieron paso a las Cruces.

¡Mira tus tierras amadas!
Y, si hoy destruyen las Cruces,
brillen de nuevo las luces
del filo de las espadas.

         ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva María Reina!

Eduardo Peralta.
(San Juan, 4 de septiembre de 2018)




[1] Francisco J. Vocos, El Problema Universitario y el Movimiento Reformista, 2da edición, Cruz y Fierro, Buenos Aires, 1981.
[2] Cfr. p. 41.
[3] Ídem, p. 45.
[4] Ídem, p. 49.
[5] Ídem, p. 52.
[6] Ídem, p. 61.
[7] Ídem, p. 64.
[8] Julio V. González, La Universidad, teoría y acción de la Reforma, Claridad, 1945, p. 59.
[9] Ibídem.
[10] Comentando esto Alberto Caturelli señala que un liberal antimarxista “es como un padre en lucha con su hijo, pues él lo trajo al mundo”. Alberto Caturelli, Examen  crítico  del  liberalismo  como  concepción  del  mundo,  Ed.  Gladius,  Buenos  Aires,  2008.  Utilizamos aquí la edición de Fundación Gratis Date publicada con el título “Liberalismo y Apostasía”, Pamplona, p. 31.
[11] Juan Antonio Widow, El hombre, animal político. Orden social: principios e ideologías, Santiago de Chile, Editorial Universitaria-Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, 1988, p. 213.
[12] Cfr. Anibal D’Ángelo Rodríguez, Diccionario político, Bs. As., Claridad, 2004, pp. 376-377.
[13] P. Leonardo Castellani, La esencia del Liberalismo, Ediciones Dictio, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, vol. VII, Buenos Aires, 1976, pp. 131- 152.
[14] Félix Sardá y Salvany, El liberalismo es pecado, Cruz y Fierro, Colección Clásicos Contrarrevolucionarios, Buenos Aires, 1977.
[15] Cfr. Aníbal D’Ángelo Rodríguez, op. cit., p. 358.
[16] P. Julio Meinvielle, “Concepción Católica de la Política”, Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, Vol III, Buenos Aires, 1974, p. 56.
[17] Jordán Bruno Genta, “Acerca de la libertad de ensañar y de la Enseñanza de la Libertad”, Buenos Aires, 1945, p. 100.
[18] Cfr. P. Leonardo Castellani, Dios en la Facultad, en Cabildo, 9 de septiembre de 1943. Cfr. Castellani por Castellani, Ed. Jauja, Mendoza, 1999, pp. 108-111.
[19] San Pío X, 5 de septiembre de 1894.
[20] Nos referimos a las reflexiones de Monseñor Sergio Buenanueva, Obispo de San Francisco (Córdoba). Cfr. AICA, Miércoles 29 de agosto de 2018 (http://www.aica.org/35208-simbolos-religiosos-en-el-espacio-publico.html) y en ACIPRENSA, 30 de agosto de 2018 (https://www.aciprensa.com/noticias/obispo-responde-a-campana-para-sacar-simbolos-religiosos-de-espacios-publicos-en-argentina-62114).
[21] Ni Aristóteles ni Santo Tomás se refirieron a la tolerancia como una virtud.
[22] Cfr. Pío IX, Quanta Cura, 8 de diciembre de 1864.

viernes, 29 de junio de 2018

ABORTANDO MITOS: refutación breve de un argumento a favor del aborto

(Refutación breve de un argumento a favor del aborto)




A partir de la apertura del debate sobre la despenalización del aborto nos hemos encontrado con diferentes posturas, perspectivas y, sobre todo, con una gran cantidad de argumentos, ya sean a favor o en contra, con datos científicos y evidencia, así como con simples subjetividades que piden ser escuchadas y tomadas como la verdad. Dentro del amplio abanico de argumentos a favor de la despenalización/legalización, oímos decir que “el embrión no tiene los mismos derechos que una persona”[1]. Aquí mismo es donde hemos de hacer hincapié.

Abordaremos primero algunas nociones que nos ayudarán a ponernos en contexto. Hablemos primero de derechos. Amnistía Internacional -organización que promueve la práctica del aborto-, explica en su página web lo siguiente: “los derechos establecen las condiciones indispensables para garantizar la dignidad humana y hacer que las personas vivan en un entorno de libertad, justicia y paz[2]. Se habla, entonces, de derecho a la igualdad, al asilo, a no sufrir tortura, a la libertad de expresión y de conciencia, pero el principal derecho sobre el cual se cimientan los demás, es el derecho a la vida. “Todos los seres humanos tenemos derecho a vivir libres y con seguridad. Nadie tiene derecho a privar de vida a otra persona”. El aborto voluntario es un atentado contra la vida del ser humano en sus etapas embrionaria y fetal y, por lo tanto, una vulneración del primer derecho humano fundamental.


En el contexto de nuestro país, debemos mencionar aquellos tratados internacionales en los cuales se reserva el respeto a la vida, entendida ésta como un derecho fundamental. De este modo la Convención Americana sobre Derechos Humanos, en el Pacto de San José de Costa Rica (1969), afirma que “los derechos esenciales del hombre no nacen del hecho de pertenecer a un Estado, sino que tienen como fundamento los atributos de la persona humana (...)”. El mismo pacto, en el Capítulo segundo de la Parte Primera (art. 4), indica expresamente que “toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por la ley y, en general, a partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado de la vida arbitrariamente”. Paralelamente la Ley Nacional N° 23.849, en la cual se acepta la Convención Sobre los Derechos del Niño adoptada en la Asamblea General de las Naciones Unidas en New York (1989), manifiesta en su artículo tercero que nuestro país “entiende por niño todo ser humano desde el momento de su concepción y hasta los 18 años de edad”.

Aclarada esta cuestión, lo que se arguye es que el embrión o feto no son personas humanas y por lo tanto están exentas de gozar de los derechos recién mencionados. ¿Qué nos dice la ciencia sobre esto? La ciencia en general y especialmente la Genética, la Biología Celular y la Embriología concuerdan en que la vida humana comienza en el mismo instante de la concepción. No hay seres vivos prehumanos sin especie alguna. Es decir, un ser vivo de la especie humana es un ser humano. Negar la categoría de persona a algún ser humano pone en riesgo todos los derechos humanos. Si es un ser humano, es persona.[3] Entendemos "persona humana", tal como lo define Boecio y como también lo trata Santo Tomás de Aquino en la q. 29 de la Prima Pars, de la Summa Theologiae: individua sustantia rationalis naturae (sustancia individual de naturaleza racional).


Ahora bien, ahondando un poco más en los conceptos trabajados, cabe decir que no hay acción humana que no tenga una dimensión moral, por lo que las cuestiones del derecho y de la medicina están necesariamente subordinadas a la ética, dado que ambas ciencias versan sobre las acciones humanas. La Ética es una ciencia que abarca de modo integral toda actividad humana libre. Al mismo tiempo la práctica de la ciencia médica es una actividad humana y por lo tanto una actividad moral[4]. Está comprobado que una colectividad, cuando no vive de acuerdo con los principios éticos, acaba en una situación deshumanizada que rebaja la dignidad propia de la persona y hace imposible la vida social.


Para concluir debemos decir que es imposible desterrar la moral de este debate, así como también resulta impensable seguir sosteniendo que el embrión no es persona o que no posee los mismos derechos que un ser humano ya nacido. Negar estos principios implica anular toda objetividad posible del pensamiento abriendo paso a cualquier argumentación carente de lógica pero abundante en falacias.

¡Viva Cristo Rey!


Agostina Montañez.
Junio de 2018.


viernes, 22 de junio de 2018

CRÓNICA DE UN REGRESO ESPERANZADO



            Eran las 20 horas del día 12, vísperas de la votación del proyecto de ley de aborto en el Congreso, cuando partimos hacia Buenos Aires con un grupo de 42 sanjuaninos para alzar nuestra voz para defender al más inocente. Era una fecha significativa puesto que el día de votación se conmemora la fundación de la ciudad de San Juan. El mismo día se recuerda el fallecimiento heroico del subteniente Oscar Augusto Silva, en Malvinas; sumado a las vísperas de rendición en la contienda del Atlántico Sur.
            Todos estábamos muy contentos y el viaje se vivió con profunda alegría y esperanza. Fueron 16 horas en las que pudimos charlar, descansar y rezar especialmente por nuestra Patria.
            Al llegar a la gran ciudad, a las 14hs del día 13, nos bajamos a unas cuadras de Plaza Congreso y, mientras nos tomábamos una foto, tuvimos el primer encuentro con los pañuelos verdes. Desde un colectivo lleno de activistas, un joven con su pañuelo al cuello sacó su torso por la ventanilla y gritó “¡Asesinos, asesinos!”, dejándonos casi sin palabras por la enorme paradoja que resultaba que los promotores del asesinato de inocentes nos acusara de asesinos a quienes defendemos la vida desde el primer instante.
            Luego de acomodarnos frente al Congreso y de colocar nuestras banderas, nos fuimos dispersando para compartir con la gente que de a poco se iba congregando. Algunos pudimos dar notas en medios radiales, otros en televisión. Pero los comentarios e intervenciones muchas veces resultaban breves ya que no dejaban argumentar demasiado o dar un claro mensaje. Las fotos que se tomaban muchas veces eran tendenciosas, intentando capturar algún velo o sotana en momento en que se rezaba, para simplemente ridiculizar.
            Nada impidió que de continuo se rezara el Santísimo Rosario, el Via Crucis, letanías y hasta un exorcismo en el que se pidió por quienes promueven el aborto, que distaban de nosotros por unos sesenta metros y dos vallas de seguridad.
            Renovador del ánimo y entusiasmo fue cuando llegó la mayor parte de la gente, sumado al encuentro con nuevos y viejos amigos de distintos puntos del país, laicos, sacerdotes y religiosos.
            Con un desconocido que se confesó evangelista tuve una interesante charla en la que pude comentarle detalles del Proyecto que se estaba tratando, sin poder creer lo que oía. Tanto, que tuve que sacar una copia del proyecto y mostrársela quedando este buen hombre espantado de lo que leía. ¿Qué lo llevó a estar ahí? Pues vio en la televisión que éramos unos pocos y decidió acercarse y acompañar desde temprano y hasta largas horas de la madrugada pese al frío. Me dijo que le gustaría dar su opinión en los medios, pero por su condición de policía no podía hacerlo. Entre otras cosas que me preguntó dijo: “¿Bergoglio qué dice de todo esto?”. No diré lo que le respondí. Cada uno piense lo que le diría.
            Los medios de comunicación mostraban sólo el lado “verde”, que ciertamente era mayor y que jamás dejó de cantar y gritar. Quienes pudieron escabullirse entre estas personas, decían que era un verdadero infierno, un aquelarre. Lo de siempre: blasfemias, pintadas, degeneración, vandalismo, incluso una figura de Cristo con objetos colgados cual si fuera una brujería o rito vudú. Sabíamos de los rituales satánicos que hacían. De nuestro lado las rodillas de muchos no vacilaban de ensuciarse para suplicar el milagro.
            La prensa seguía mintiendo. Afirmaba que éramos 50 personas y, luego de reposar sus cámaras durante toda la tarde y noche, cuando los nuestros se dispersaban, no dudaron de encender sus cámaras y filmar los espacios vacíos, la gente caminando y no el foco de concentración. No dudé en grabarlo con el teléfono móvil y ponerlos en evidencia. Uno de los medios (TN), esperó 20 minutos entre prueba y recepción de la señal en vivo desde estudios, para hacer un paneo de 15 segundos (al menos fueron los que llegué a contar).
            En el interior de muchos todavía surgía un pensamiento. Podríamos ser todavía más. Sí, era cierto. Pero me reconfortaba saber que muchos se encontraban adorando en todo el país a Nuestro Señor en la Eucaristía. Nada impedía pensar en cómo es que el bando contrario tenía tanta gente durante tanto tiempo. Muchos por convicción, por malicia, porque en definitiva el enemigo no descansa. Éste es su momento. Pero una respuesta complementaria vino de parte de un joven de apenas 14 años que, mientras estaba yo saludando a mi amigo Juan Carlos Monedero, mantuvo con nosotros una pequeña conversación:

Muchacho: - ¿Sabés cuánto nos dan a nosotros por venir y hacer quilombo de aquél lado? (se refería al sector abortero)
-            -No. ¿Cuánto? Respondimos casi al unísono mientras lo mirábamos atentamente.
-       -  Nos dan cuatrocientos pesos. Yo por esa plata sabés qué, vengo con los ojos cerrados, sin pensarlo… Van y nos buscan en los barrios. Van grupos de la Cámpora y de los otros grupos a buscarnos y nos traen siempre para estas cosas. Eso sí, son todos choripaneros de aquél lado.

            Le pregunté cuántos habían ido de su zona. A lo cual respondió que fueron 2 colectivos llenos de su barrio. Hagan ustedes el cálculo, pero sepan que colectivos y 400 pesos es un vuelto para quienes financian estas campañas.
            Esperábamos el resultado final, pero recién lo supimos cuando volvíamos de regreso a San Juan. El clima cambió por algunos momentos. Algunas caras estaban algo tristes, otros seguían esperanzados y se animaban unos a otros sabiendo que quizás podría haber un cambio. Por mi parte no sabía qué pensar o cómo tomarlo. Ya había renovado varias veces las lágrimas durante la noche. Los países vecinos ya vieron esta situación y no podía sorprenderme esta vez. Pero al terminar este viaje me vino un pensamiento y recuerdo. Fue precisamente un momento del viaje que omití: la visita, antes que nada, a la Basílica de Nuestra Señora de Luján, el corazón de nuestra Patria que nació mariana y católica.
            Todo lo pusimos bajo sus pies, todo el trabajo previo sabemos que no fue en vano. El dolor más grande en mi sentir no era solo el daño inmenso a la Nación, no era sólo la matanza de inocentes que sobrevendría, no sólo lo que padecerían los médicos, no sólo la triste y silenciosa ausencia de nuestros pastores, no sólo el adormecimiento de nuestro pueblo, sino que aquellos inocentes han sido y serán creados para la Vida Eterna, para gozar de la visión beatífica, para nacer a este mundo terrenal y renacer a la vida de la gracia por el santo bautismo. Ese daño, ese mal, ese crimen y pecado que clama al Cielo, es lo que inquietaba y aún inquieta el alma y hace doler el sentir y brotar lágrimas. Quedando de este modo una inquietud para cada uno: ¿qué habremos hecho por la salvación de la muerte del cuerpo y por sobre todo de la muerte del alma de estos niños cuando nos legue la rendición de cuentas? ¿Qué respeonderemos al Señor?  Porque no podemos engañarnos diciendo que esto es, sin más, algo de simples ciudadanos. Sabemos bien la cuestión teológica y religiosa que se esconde tras la cuestión política.
            Al mismo tiempo venía a mi interior el saber que lo mismo sobrevendría a nuestra Patria, recordando aquellos versos de Anzoátegui: “los que sabemos que los pueblos tienen, como los hombres, su rendición de cuentas y su Juicio Final”.
            Tenemos esperanza. La de saber que la victoria es de Dios y que solo Él es capaz de redimir esta Patria sumida en la mentira y en la corrupción, encarcelada tras las rejas de la perversa democracia y la tiranía del número.
            Mientras tanto, cuando sobrevienen algunas imágenes de lo que habíamos vivido, recuerdo aquellos otros versos del mismo admirado poeta: “Ay de ti, Buenos Aires, la ciudad de la antigua y nueva cruzada, que te me estás volviendo demasiado señora acomodada”.

            ¡Viva Cristo Rey!

            Eduardo Peralta.
Algún lugar de nuestra la pampa argentina,
14 de junio de 2018.