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lunes, 19 de febrero de 2018

DIFUNTA CORREA: LA PURA VERDAD


“La gente no vacila en tragarse
cualquier opinión no comprobada
sobre cualquier cosa...
Y esto lleva el nombre de superstición…”

(G. K. Chesterton)


Mito y leyenda.

         Mucho se ha dicho en los últimos días sobre la renombrada Difunta Correa, de cuya existencia poco se sabe realmente o, mejor dicho, nada. Sin embargo es preciso recordar algunas verdades al respecto, dado que está muy en boga por ser la temática de la Fiesta Nacional del Sol 2018 (“Difunta Correa: Amor de Madre”); y hasta reunió a un centenar de músicos para el lanzamiento de un CD: “Gracias Deolinda”, del cual ya se lanzaron algunos videoclips.
         En primer lugar hay que decir que lo de la difunta Deolinda Correa es una leyenda, un mito. Hay que decirlo, aunque pueda traer algunas complicaciones, como le sucedió a la misma conductora de la Fiesta y panelista del programa farandulero Intrusos, Mina Bonino, quien recibió las críticas oportunas del caso al haberse referido a la Difunta como una “leyenda”. Posteriormente, tuvo que explicar su postura y entre contradicciones, rectificarse[1].
         Por si todavía hay quienes no conocen el mito que tiene mil versiones, se lo resumimos brevemente. Se trata de una mujer, Deolinda Correa (el relato más antiguo la nombra Dalinda Antonia Correa), cuyo esposo Clemente Bustos (también Esculapio o Brian Nahuel Bustos), habría sido un arriero en tiempos de Unitarios y Federales, resultando reclutado forzosamente a las montoneras de La Rioja. Por querer reunirse con su marido en dicha provincia tomó a su hijo, todavía lactante, y salió a su encuentro siguiendo las huellas de la tropa llevando pocas provisiones de agua y comida. El duro desierto sanjuanino hizo que el agua se agotara pronto y la mujer comenzara a deshidratarse ya agotada y hambrienta de tanto caminar. Resguardándose bajo un algarrobo dejó a su hijo junto a su pecho y murió por las condiciones en las que se encontraba. Al día siguiente unos arrieros encontraron su cuerpo y al niño todavía vivo prendido a los pechos de su madre. La historia se habría difundido y los paisanos comenzaron a allegarse a lo que sería su tumba, donde luego se construyó un oratorio devenido en santuario. El primer “milagro”, luego de la supervivencia del hijo, habría sido el de reunir nuevamente al ganado de un arriero, quien luego de que la invocara le concedió su deseo.
         Hasta allí lo que narra la historia y leyenda popular que ha sufrido miles de variantes dado que la gente va modificando la historia según su parecer y su deseo. Verosímil o no, es cuento popular.
          Vayamos a los hechos históricos.

La historia

   ¿Hay alguna prueba de que Deolinda Correa existió realmente? Ninguna. En materia histórica existen algunos escritos de Horacio Videla según el cual, habrían existido dos hermanas de apellido Correa que se casaron con dos hermanos Bustos, emparentados con el gobernador de Córdoba, Juan Bautista Bustos. Una de ellas tendría por nombre Deolinda. Pero el especialista en genealogía Guillermo Collado, revisó los archivos desde 1797 en la Parroquia de La Merced y de La Inmaculada Concepción y su conclusión es que “los datos encontrados tornan inexacta la afirmación de Horacio Videla”[2].
         Últimamente, en reiteradas oportunidades, el historiador sanjuanino Edgardo Mendoza hizo algunas precisiones sobre la cuestión histórica[3]. El texto escrito, o alguno de los elementos que deben existir para cualquier investigación histórica, no existe. “La pieza esencial es aportar la prueba de la existencia”, señala Mendoza. El elemento de la época que avalaría tal existencia es la fe o acta de bautismo, de matrimonio, o bien, la defunción. Pero “se ha buscado y no se ha encontrado”. Para este historiador no es descabellado comenzar un nuevo rastreo buscando de modo más amplio aquella verdad histórica. El territorio en el que habría que buscar no es simplemente el sanjuanino o cuyano, sino también hasta Potosí y Chile, que eran los territorios a los que llegaban y donde se movían los arrieros en el desarrollo del comercio de la época. Posiblemente Deolinda haya nacido en algún lugar entre estos territorios.
    Los únicos documentos encontrados son anotaciones y pedidos de misas por el alma de “la finada Correa” en la Parroquia de Cristo Rey, en Caucete.
         Otros temas para investigar son la existencia del cuerpo de la difunta, del cual no hay rastros; y el paradero del niño, incógnita irresuelta. Si el niño se salvó y fue rescatado ¿dónde está? ¿Qué fue de su existencia? No hay rastro alguno.
         En resumen, si no es historia, es un cuento.

La verdad  

         Tenemos, sin embargo, algunas verdades en torno a la Difunta Correa. Una de ellas es la existencia en el departamento de Caucete de un lugar al que llaman santuario donde peregrinan miles de personas cada año. Existe una “cabalgata de la fe”, que tiene por meta las inmediaciones del lugar y en la que participan desde hace años los gobernadores de la provincia. Es innegable que el lugar congrega durante la Semana Santa a quienes se allegan para rezar y hacer alguna promesa o cumplirla, o dar gracias por algún favor recibido. Yo mismo puedo ver cada año a caminantes que pasan por la ruta a pocos metros de mi casa, dirigiéndose hacia el lugar “santo”.
         Comparable al fenómeno Gauchito Gil, José Dolores o “San la Muerte” al norte del continente, la Difunta Correa es un personaje más de la religiosidad –si puede llamarse así- popular. Se trata de un culto pagano, y por ser tal, que no va conforme a la Revelación que Dios ha dado a los hombres. Se les da el nombre de “santos” a personas que apenas se sabe si existieron, y que supuestamente otorgan algunos favores a los peregrinos. Es como tal, una superstición e idolatría.
         La veneración que practican los “peregrinos”, no es tal sino pura adoración al demonio. Es una falta contra el Primer Mandamiento, “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Y los pecados que se oponen a este mandamiento, entre otros, son la superstición (dar a la criatura el culto debido sólo a Dios, o dar a Dios culto de un modo indebido), y la idolatría (dar a una criatura el culto supremo de adoración, debido sólo a Dios).
         Hay que decir que no se trata de una persona con simple fama de santidad, o alguien que podría llegar a los altares. Para nada. Esto se debe a que ante la falta de pruebas para autenticar la existencia de la persona, tampoco se puede probar algún milagro posible o la práctica de las virtudes heroicas. Entonces estamos frente a la idolatría y eso no es otra cosa que obra del demonio para alejar las almas de la verdadera Fe y de la única Iglesia; para sembrar la confusión y acrecentar la ignorancia.
         Este tipo de idolatrías está expresamente condenada por la Santa Iglesia en el Magisterio y en el Catecismo. Y este caso concreto ha recibido algunas amonestaciones y advertencias oficiales. Tenemos, por ejemplo, un comunicado (“Sobre el culto de los santos y de las almas del purgatorio”), de llamativa actualidad firmado por el Episcopado argentino en 1976[4]. El mismo señala que en nuestros días existen “desviaciones respecto del culto de los santos y de las almas del purgatorio”, y que “la religiosidad popular es desvirtuada por las superstición y un indebido afán de lucro, alentado por un engañoso turismo y sus derivados”. Y prosigue:

         “Hay casos concretos en que, sin que conste históricamente su existencia, y al margen de la autoridad eclesiástica, se rinde culto a determinadas personas. Tal es el caso de la llamada “Difunta Correa”, cuyo culto ilegítimo se ha extendido desde Vallecito, en San Juan, a lo largo y ancho de la República, a través de templetes, ermitas y profusión de estampas e imágenes, con no pocas derivaciones supersticiosas”.

         El documento culmina con tres puntos determinantes en los que se acuerda: 1°) Que a los católicos sólo es lícito honrar con culto público a aquellos que la autoridad de la Iglesia ha inscrito en el elenco de los Santos y Beatos, 2°) Que, por consiguiente, el culto a la llamada Difunta Correa no está dentro de estas condiciones y es ilegítimo y reprobable; y 3°) La Conferencia Episcopal Argentina pide a los verdaderos católicos que se abstengan de practicar dicho culto”.
         En efecto, no nos encontramos frente a una expresión de fe, sino a una verdadera crisis de la misma. Lo que nos lleva a reflexionar sobre aquellas palabras de San Ambrosio y de San Jerónimo, quienes decían que “cuando hay crisis en la grey es porque los ministros del Evangelio se han desvirtuado”. El mismo San Gregorio Magno enseñaba que “hay prelados y pastores poco prudentes que no se atreven a proclamar la Verdad con libertad por miedo a perder la estima de sus fieles, con ello no cuidan de su grey con el interés de un verdadero pastor”.
         En este tiempo no hemos escuchado voces oficiales que deslegitimen una vez más este culto idolátrico. Más aún, mientras escribimos esto de la noche a la mañana, nos anoticiamos de que habrá una conferencia titulada “Religiosidad popular y mensaje de la Difunta Correa”, a cargo del Vicerrector de Formación de la Universidad Católica de Cuyo, Pbro. José Juan García, el miércoles 21 de febrero 20:30 hs, en el Stand de Ciencia y Técnica, del Parque de Mayo. Es decir, durante la precitada Fiesta Nacional del Sol. Evidentemente no sabemos qué se dirá allí y no podemos opinar al respecto. Pero llama la atención aquello del “mensaje” que puede transmitir la Difunta Correa o, como la invitación indica, exponer sobre “su amplia difusión y devoción en Argentina y América Latina”. Sin embargo, como explicábamos más arriba no puede ser esto llamado devoción ni creemos que puede rescatarse algún mensaje de esta manifestación pagana.
         Hace un tiempo, hablando con un sacerdote amigo sobre la Difunta Correa, quien con mayor autoridad y profundidad espiritual y teológica puede dar explicaciones al respecto, ponía en claro lo siguiente: existe en la gente, de mayor o menor ignorancia, de mayor o menor formación y conocimiento, un acercamiento, atracción o admiración por aquellas personas que han sufrido una muerte trágica. Lo cual lleva a dar un paso más: comenzar a tener por aquella persona difunta algo más que admiración, rindiéndole cierto culto o atribuyéndole milagros. En efecto, además del presente caso, o del conocido Gauchito Gil, quien habría sido muerto atado a un árbol y fusilado (o colgado de un algarrobo, cabeza abajo y degollado), podemos recordar fenómenos más actuales como el caso de los músicos Gilda, Rodrigo Bueno, Walter Olmos, etc. A cada uno se les levantó un pequeño santuario al que se acercan las personas a pedirle algún favor o gracia.
         Esta actitud hacia estos casos va acompañada de la falta de formación, de conocimiento o de sentido común, cosa bastante común en nuestros días. Y si a esto se le adiciona la falta de catequesis y celo apostólico por parte de algunos pastores, y la mencionada crisis de Fe, tenemos como resultado lo que venimos describiendo. “Quien no está conmigo está contra mí”, advirtió el mismo Jesucristo. Y sobre ello ha escrito el célebre Chesterton:

         “La gente no vacila en tragarse cualquier opinión no comprobada sobre cualquier cosa... Y esto lleva el nombre de superstición... Es el primer paso con que se tropieza cuando no se cree en Dios: se pierde el sentido común y se dejan de ver las cosas como son en realidad. Cualquier cosa que opine el menos autorizado afirmando que se trata de algo profundo, basta para que se propague indefinidamente como una pesadilla. Un perro resulta entonces una predicción; un gato negro un misterio, un cerdo una cábala, un insecto un símbolo, resucitando con ello el politeísmo del viejo Egipto y de la antigua India... y todo ello por temor a tres palabras: Se hizo Hombre”.

Nuestra Señora de la Leche
         Finalmente debemos tomar conciencia que estos fenómenos no hacen más que alejar a las almas de la Verdad, de la Gracia y los sacramentos, por más buena voluntad que tengan. Debemos, en sentido contrario, predicar el Evangelio en toda su plenitud, advirtiendo sobre las sectas, los horóscopos, las idolatrías, las supersticiones, la cábala, el oscurantismo, las sociedades secretas, la masonería, los maleficios y cuanta herramienta use el demonio para la perdición de las almas. Y, en todo caso, si queremos un ejemplo de mujer y de madre, fijémonos en María Santísima modelo de virtudes, mediadora de todas las gracias, madre de Jesucristo, único y verdadero Dios.
         Debemos decir y proclamar la Verdad y ella nos hará libres. Debemos ser la voz que clama en el desierto, en este desierto carente de Fe, en que nos encontramos inmersos. Anunciar la Verdad que es Cristo, cueste lo que costare. En el decir de San Pablo a los Romanos: si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?


         Eduardo Peralta.
         (San Juan, 19 de febrero de 2018.)



[2] Cfr. Edmundo J. Delgado, El culto a la Difunta Correa, http://www.diariodecuyo.com.ar/amp/columnasdeopinion/El-culto-a-laDifunta-Vottrs-20180114-0051.html Ver también Horacio Videla, Retablo Sanjuanino, Universidad Católica de Cuyo, San Juan, 1997, p. 175.
[4] Queriendo desprestigiar este documento, se plantea la falacia de carácter ideológica de que esta condena se hizo en tiempos de la Dictadura Militar, por lo que quedaría deslegitimado. Sería un abuso de autoridad y una medida retrógrada y conforme a una mentalidad preconciliar. Cfr. Entre otros, Martín Obregón, Vigilar y castigar: crisis y disciplinamiento en la Iglesia argentina en los años setenta, en Anuario de Estudios Americanos, Vol. 63, N° 1, pp. 131-153, Sevilla, 2006.

sábado, 13 de junio de 2015

RECORDANDO AL SUBTENIENTE OSCAR AUGUSTO SILVA (II)

   El sábado 15 de Noviembre de 2014, en Dorrego y Figueroa Alcorta, estuve acompañando a Alan Fioravante y Nahuel Benítez en la perpetración de otro mural conmemorativo del heroísmo argentino en la Guerra de Malvinas.

   Esta vez el Grupo ARTE ES COMBATE rindió tributo a la memoria del Subteniente Oscar Silva. Los que habitualmente disfrutan de los bosques de Palermo pueden acercarse para contemplar la obra finalizada.

 





Alan Fioravante trabajando detalles del mural.



Memoria del Subteniente Silva en palabras del Comandante del BIM-5 Carlos Robacio (fragmentos tomados del libro "DESDE EL FRENTE", Carlos Robacio - Jorge Hernandez).

"Entre los ejemplos de conducta que conmueven está el del Subteniente Silva (se había replegado luego de luchar en Goat Ridge con parte de los hombres de su Sección, aproximadamente unos quince hombres), quien se reincorporó y solicitó se lo ubicara en el lugar en que se preveía se lucharía más enconadamente, sin duda ese lugar era Monte Tumbledown".

Finalizado el combate, el Comandante Robacio pudo acudir a levantar los muertos argentinos que habían quedado en el campo de batalla, quienes, en palabras del bravo Jefe del Quinto de Marina: "murieron en defensa de su Patria, por las órdenes que yo les impartí".

"Ya en Tumbledown, se me permitió efectuar una recorrida y realizar una inspección ocular minuciosa de esa porción del campo de combate. El panorama plagado de silencio, era más que sobrecogedor, ¡emocionante...!

Todo denotaba una quieta violencia, realmente era la gráfica representación de la entereza y singular denuedo con que ambos bandos habían luchado en ese lugar.

El profuso material, equipos, cascos, radios, etc. del enemigo frente a las posiciones donde estaban nuestros muertos, rodeados de cargadores ya vacíos, cajones de munición sin nada, y la actitud combativa de quienes esperaban su sepultura, dentro o fuera de la posición, no dejaban dudas de la virulencia del combate".

"Posteriormente encontramos al Subteniente Silva, a varios metros delante de su posición, en actitud agresiva como empuñando un fusil, que le había sido retirado (era el único), al que le quedaba en el cuello media chapa de identificación con el número 329329, si mal no recuerdo.

Su postura era coincidente con lo relatado en los combates y totalmente concordante con lo descrito por personal próximo, que salió ileso y regresó. Constatamos varias heridas por la espalda de pistola ametralladora y una de fusil, aparentemente en el hombro".




Ramiro Canovas, familiar de Oscar Silva, contribuyendo al mural.



ARTE ES COMBATE, otra misión cumplida.
Nicolás Kasanzew (izquierda) junto a los muchachos de "Arte es Combate"

Tomado de: www.plumaderecha.blogspot.com  Ver AQUÍ la entrada

RECORDANDO AL SUBTENIENTE OSCAR AUGUSTO SILVA (I)

 
El 15 de junio de 1982, el Capitán de Fragata Carlos Robacio, jefe del Batallón de Infantería de Marina (BIM) Nº 5 y el Comandante inglés recorrían el campo de batalla. Los muertos ingleses ya habían sido retirados y era el turno de los caídos argentinos. De pronto el jefe británico, sorprendido, lo llama al oficial argentino y le señala un cuerpo.
Tenía los ojos abiertos, el rostro sereno, una herida cerca del hombro y otra cerca de la cintura y la mano aferrada furiosamente al fusil. El infante de marina argentino tomó el arma por su culata y tironeó. Pero la mano no lo soltó.
Parecían una sola pieza. Espontáneamente, ambos combatientes se pararon frente al cadáver e hicieron el saludo militar. Rígidos y emocionados, en medio del silencio del campo de batalla. El argentino decidió que lo enterrarían con el arma que se negaba a devolver. Luego Robacio buscó la chapa de identificación que debía colgarle del cuello.
La encontró. La tomó con firmeza y se la arrancó; era el Subteniente Oscar Augusto Silva.
Desde su San Juan natal había partido Oscar con una definida vocación militar. Ya la había puesto a prueba cursando en el Liceo Militar General Espejo. Luego su camino se dirigió a la Escuela Naval. Pero no era ése su destino. No estaba a gusto. Comenzó a cursar la carrera de ingeniería. Tampoco lo satisfizo. Y decidió ingresar al Colegio Militar de la Nación. Rindió para segundo año por su pasado liceísta y entró. Era uno de los más grandes de su promoción (la 112) pero también uno de los más queridos. Porque si algo se destacaba de Silva era su intrínseca bondad. Siempre estaba dispuesto a ayudar a sus compañeros y eso le valía ser uno de los mejores camaradas. Su familia lo llamaba “gordito”, sus camaradas “el sapo”, pero para todos era una bonachón al que le costaba poner “cara de guerra”. De esos de los que se esperan constantemente buenas acciones.
El Colegio Militar lo formó técnicamente. Aprendió a combatir, a conducir hombres y veló las armas. Pero sus inquietudes fueron más allá, porque intuyendo que todo aquello era incompleto, buscó ayuda en el Centro de Estudios Nuestra Señora de la Merced. Allí, un profesor de historia[1], “maestro de combatientes”, le enseñó que era posible perder una batalla, pero con honor. Y le regaló unos versos de su autoría que decían, en una parte:
“Que no me ofrezcan lo que nunca tuve
por compensar lo que nos han quitado,
el honor de decir: donde yo estuve
flamea un estandarte soberano.”
 
Renglones que marcaron a fuego al joven cadete.
En noviembre de 1981 egresó del Colegio Militar como Subteniente del arma de Infantería. Pero, en medio de la alegría, tuvo que sufrir un enorme dolor. Cuando su familia se dirigía a Buenos Aires para compartir con él ese momento, un accidente automovilístico acabó con la vida de su madre y dejó internado a su padre y a una hermana.
Sus jefes le ordenaron que se dirigiera a su casa a hacerse cargo de la tragedia. Así lo hizo. Marchó a San Juan en compañía de su hermana Ana Clara, que vivía con él en Buenos Aires, y su novia. Allí fue una vez más lo que había sido siempre para sus hermanas: el puntal sobre el cual se asentaba la estructura del ánimo familiar. Con sus modales suaves pero firmes, sus palabras de aliento, su presencia tranquilizadora, navegó en medio de la tormenta familiar. Y fue un gran piloto.
Días después, en una ceremonia privada, el General Leopoldo Galtieri le entregó el sable. Ninguno de los dos sabía lo que le iba a pasar al joven oficial poco tiempo después. Porque tres meses más tarde se lanzaba el Operativo Rosario, se recuperaban las Islas Malvinas para la Patria y la Argentina se conmovía como nunca antes en sus últimos ciento cincuenta años de vida.
Mientras los argentinos se congregaban en Plaza de Mayo para apoyar a la empresa, el Ejército entero se movilizaba. Por eso Silva, destinado en el Regimiento de Infantería 4 de Monte Caseros, se comenzó a preparar para ir al sur primero, y luego para cruzar a las Islas.
Llegaron a Comodoro Rivadavia, luego a Río Gallegos, más tarde a las Malvinas. La primera noche en Puerto Argentino, la siguiente al norte del aeropuerto, en la península de Freycinet, para dar la temprana alarma de algún posible ataque por mar. En medio de todo el traqueteo, Silva se mantenía preocupado por sus soldados. Hacía todo lo que podía por mantenerlos bien física y espiritualmente.
Rezaba, consolaba, apoyaba. Porque todo era una larga espera en la que había lugar para el miedo y la incertidumbre.
Mientras esto ocurría, el avance inglés había tenido éxito. Desembarcados el 21 de mayo en la Bahía de San Carlos, habían avanzado hacia Darwin y allí, pese a los esfuerzos de la Fuerza de Tareas Mercedes, habían vencido a los defensores. En la noche del 28 de mayo se produjo el ataque inglés, en donde falleció el Teniente Estévez. Al día siguiente, los argentinos se rendían y dejaban que los ingleses siguieran su curso hacia Puerto Argentino.
El despliegue invasor se dirigía, entonces, hacia el este de la Isla Soledad, y se enfrentaría con dos cordones defensivos: el primero, en la línea imaginaria que unía de norte a sur, Monte Longdon, Dos Hermanas, Goat Ridge y Harriet. Más al este, el siguiente, que se articulaba en la misma dirección: Wireless Ridge, Tumbledown, Williams y Sapper Hill, todas pequeñas elevaciones que daban su espalda a Puerto Argentino.
En la primera de las posiciones nombradas estuvo el Subteniente Silva. Llegó el 08 de junio y pasó a cumplir la misión de patrullar Goat Ridge de noche, mientras que de día debía ocupar espacio en la zona oeste del Dos Hermanas, junto a la sección del Subteniente Llambías Pravaz, un oficial un año más moderno que Oscar y que ya había tenido escaramuzas que le daban aire de veterano de guerra.
Nuestro héroe venía de la tranquilidad de la vigilancia en la península de Freycinet y pasó, de la noche a la mañana, a cumplir agotadoras jornadas de patrullaje en las zonas nombradas. Pero nada logró bajar su ánimo. Al contrario, ahora era el puntal también para Llambías quien, al encontrarse con un militar más antiguo, descansó un poco su responsabilidad en él. Y de nuevo “el sapo” desplegó su mejor cualidad: la bonhomía.
Por otro lado, ya esperaban un ataque, porque tenían noticias de la caída de Darwin y entendían que, si el desembarco había sido al oeste de la Isla Soledad, ahora tendrían que venir en dirección a donde se encontraban ellos.
Cuando en la noche del 10 al 11 de junio, el Regimiento 3 de Paracaidistas británico atacó Monte Longdon; el Comando 42 de la Real Infantería de Marina hizo lo mismo contra Monte Harriet y el Comando 45 de la Real Infantería de Marina se dispuso a combatir hacia Dos Hermanas, nadie se sorprendió. Por eso no les fue fácil. En este último par de elevaciones, Silva patrullaba Goat Ridge de noche, Llambías resistió con su sección. Cerca de allí, la actitud del regimiento fue heroica. Muere el Teniente Martella y, uno tras otro, caen heridos, entre los jefes, los Subtenientes Nazer, Mosquera y Pérez Grandi. En medio de la confusa noche, con los hombres que puede, Llambías se replegó y se encontró casualmente con Silva.
Juntos y con los últimos hombres de ambas secciones, se replegaron hacia el segundo cordón defensivo de Puerto Argentino.
Los ingleses avanzaron, pero a costa de mucha sangre propia. Por eso, al día siguiente, se vieron obligados a descansar. Así, mientras los argentinos se reacomodaban en la línea ya muy cercana a la capital de las islas, los invasores se sobrepasaban y dejaban en primera línea a las tropas frescas del Regimiento de Paracaidistas 2, en dirección a Wireless Ridge, y los Guardias Escoceses y los Gurkhas, contra Tumbledown y Williams.
Mientras tanto, Silva no perdía la calma, como nunca lo hacía, pero demostraba algo de impaciencia por entrar en combate. No lo había podido hacer en la noche anterior, porque su misión lo alejó del mismo. Pero tenía su alma estremecida por la espera del momento de hacer la guerra. Siempre sin perder la magnanimidad en su trato con sus soldados y subalternos, a quienes seguía consolando y acompañando; animando y conduciendo.
Pudiendo replegarse a la ciudad para evitar el combate, el patriota hizo lo que debía hacer: pedir un puesto de combate en la defensa y quedarse con todos los soldados de su sección que estaban en condiciones de hacerlo.
Lo ubicaron en la fracción del Teniente de Corbeta Vázquez, dentro de las tropas del Batallón de Infantería 5, y desde allí se preparó para el combate final.
Con la oscuridad del 13 de junio comenzó el ataque inglés. Paracaidistas, Guardias escoceses y Gurkhas chocaron contra la última resistencia argentina.
Todo el poderío invasor se desató con su violencia y eficacia. Los argentinos resistían y mataban, los atacantes morían y volvían a aparecer como si nunca perecieran. Las posiciones fueron rodeadas, desgastadas, debilitadas por el fuego de artillería, lentamente, con mucho esfuerzo.
En el medio de todo ello, Oscar Silva había entendido que era su final. Ordenó, disparó, condujo a sus soldados, los animó permanentemente. Era un torbellino que no podía parar hasta encontrarse en el momento con el que había soñado toda su vida: el del máximo sacrificio por la Patria. Usó un arma, otra y otra. De pronto, se quedó sin munición. Miró alrededor. Vio a un soldado muerto con un fusil pesado a su costado. Saltó a esa posición. Lo tomó y decidió no separarse más de él. Volvió a la suya y siguió disparando. En eso, sintió algo caliente cerca de su cintura y comenzó a formarse un manchón rojo sobre su uniforme de combate. Luego, lo mismo, pero cerca de su hombro.
Tocó su sangre y se aferró aún más a su arma. En su entorno, los soldados fueron muriendo uno a uno. Pareció quedarse solo. Pero no era así, pues Dios estaba con él. Y el FAP, que era su compañía en el último instante. Era su “novia” como le decían en el Colegio Militar. Cayó. Con mucho esfuerzo, se incorporó a medias y ordenó a todos que se retirasen. Él tenía con qué proteger el repliegue. El enemigo siguió avanzando. Juntó fuerzas, disparó el arma que tenía tomada con una sola mano, apoyando a los que se retiraban.
Alcanzó a gritar: ¡Viva la Patria carajo! Y el bramido se escuchó desde Puerto Argentino… hasta el Cielo.
Finalmente, en Monte Tumbledown, la Poesía se convirtió en Historia y el cadáver del Subteniente Oscar Augusto Silva fue el estandarte soberano que flameó para siempre sobre nuestra tierra.
Alberto Mansilla

[1] Se trataba de Antonio Caponnetto, quien por entonces dictó durante varios años un exitoso Curso de Historia Política Argentina, al que concurrió el entonces cadete, Oscar Augusto Silva.

viernes, 12 de junio de 2015

LA PERSONALIDAD DEL FUNDADOR DE SAN JUAN: JUAN JUFRÉ


 

   Imperdonable ligereza fuera olvidar la figura legendaria y limpia de toda mácula del Fundador.
   "Es para San Juan insigne y singular honor el haber sido fundada por un español ilustre y benemérito. Porque, según revelan amarillentos infolios que paran en vetustos anaqueles del Archivo de Indias en Sevilla, la ciudad de San Juan de la Frontera fué fundada en 13 de junio de 1562 por el muy magnífico señor capitán don Juan Jufré de Loayza y Montesa, naturales de Medina del Río Seco, pequeña aunque noble villa enclavada en Castilla la Vieja de los reinos de España".
   Las probanzas de méritos del célebre conquistador de Chile don Pedro de Valdivia, y la propia, abierta por la esposa después de su muerte, acaecida en Santiago de Chile (1578), muestran su vida extraordinaria y aventurera en escenarios del Perú, el Tucumán, Chile, Arauco y Cuyo, comparable en temeridad y nobleza a la de los grandes capitanes de la epopeya española en el Nuevo Mundo: Cortés, Pizarro, Almagro, Valdivia, Francisco de Aguirre y Juan de Garay.
 
   Contando apenas veintitrés años (había nacido en 1516), se hace rumbo a la América y figura en las crónicas de la conquista del imperio de los Incas (1539).

  Con Juan Bohón, futuro primer fundador de La Serena, y otros (Francisco de Villagra, más tarde gobernador de Chile, y Fernández de Alderete, todavía jefe segundón como él), Juan Jufré forma en el reducido grupo que se reúne a Valdivia en Tarapacá, salvando la expedición que había partido de Cuzco rumbo a Chile con sólo once hombres, paralizada en el desierto. Desde Guatacondo, el futuro conquistador de Chile lo despacha a Potosí con el encargo de reunir más gente; muestra de la confianza que había sabido ganarse el joven militar, a la sazón con escasos veinticuatro años de edad. De regreso de esta misión sin éxito, porque no logró reclutar un solo hombre, alcanza a reunirse con su grupo a la entrada en el valle de Copiapó (1540); en febrero del año siguiente está en la fundación de Santiago, ciudad en la que será alguacil, corregidor y justicia mayor, en ausencia de Valdivia; después, estará en la expedición exploradora sobre los territorios Araucanos del Sur.
 
   Compañero decidido y leal del bravo extremeño, Jufré acompaña a Valdivia al Perú, al servicio de las fuerzas leales al Rey en la guerra civil desatada por el rebelde Gonzalo Pizarro. Se cuenta entre los vencedores que obtienen la resonante victoria del Jaquijahuana (1548), y participa del jubiloso recibimiento que La Gasca dispensa a Valdivia, hasta ese momento simple capitán, saludado como gobernador de Chile en reconocimiento a su actuación decisiva en aquel hecho de armas.
 
   De regreso a Santiago, no sin antes haber efectuado un vasto rodeo por la provincia de Charcas, enganchando gente para la campaña contra los guerreros mapuches, de nuevo está junto a Valdivia en la campaña de Arauco importalizada por Ercilla, donde dejarán su vida Pedro de Villagra, hijo del futuro gobernador, Francisco y Sancho Jufré, sus sobrinos, y el propio Valdivia.

   Después del desastre de Tucapel y del consiguiente pánico por la muerte del gobernador (1554), cubre el despueble de Concepción; protege los flancos de la caravana fugitiva, continuamente hostilizados por los naturales, en desoladora concentración hacia Santiago.

    Casado con Constanza de Meneses, hijasegunda de Francisco de Aguirre, y cuñado de Francisco de Villagra, marido de otra hija del gobernador de La Serena, la estrella Jufré, flamante capitán en reconocimiento a sus servicios en el Sur, parece eclipsarse por la política del nuevo gobernador, contraria a hombres que fueron amigos de Valdivia, y singularmente inamistosa para Aguirre, a quien con inferiores méritos desplazaba. Pero sus títulos se umpusieron, y don García Hurtado de Mendoza le deja participar en la nueva campaña al mando del capitán Gerónimo de Villegas (1558), que remata con la repoblacióon de la Concepción.

   Al ser reemplazado el orgulloso hijo del marqués de Cañete por Francisco de Villagra, su pariente y amigo, en el gobierno de Chile (1561), el esforzado capitán Jufré alcanzaría la gloria y la inmortalidad que el destino le tenía reservada.

Pedro de Valdivia
   Descubierto por Francisco de Villagra al término de una larga expedición desde el Cuzco a través del Tucumán (1551), y explorado de regreso desde Santiago del Estero a Chile por Francisco de Aguirre (1553), Cuyo no había salido de su vida salvaje; extender la jurisdicción de su Capitanía hasta el estrecho descubierto por Magallanes y hasta el Océano de la otra banda, era la política legada por el glorioso conquistador de Chile a sus sucesos; la obra colonizadora emprendida el año anterior con la fundación de Mendoza debía proseguirse. Había sonado la hora del capitán Juan Jufré.

   Designado por Villagra "teniente general de las provincias de Cuyo, Caria,Famatima, Tucum{an y Nologasta desde las vertientes de la gran cordillera hasta la mar del Norte" (setiembre 1561), Jufré tramonta la Cordillera Nevada el verano de 1562 y cambia la ubicación de la ciudad de Mendoza fundada el año anterior por Pedro del Castillo al servicio de don García Hurtado de Mendoza, "so pretexto de que estaba metida en una hoya e no darle los vientos que le son necesarios", y la rebautiza ciudad de la Resurrección. Infructuosamente, pues no había de borrarle el nombre del antiguo gobernador.

   En busca de unos ricos lavaderos de oro situados en la parte norte de la provincia que se le había dado en gobierno y persiguiendo afianzar con una avanzada permanente las comunicaciones con el Tucum{an, Charcas y acaso el Paraguay, Jufré se interna treinta y tres leguas al norte de la ciudad de Mendoza y en un paraje donde el valle concluye detenido por una árida sierra semejante al castellano Guadarrama, a orillas de un pequeño río, con propia mano planta la picota o árbol de justicia de San Juan de la Frontera, en tierras de la provincia india de los huarpes.

   A diferencia de Juan Eugenio de Mallea, que casa, vive el resto de sus días y deja sus huesos en el valle de Tulún, la fundación no arraiga materialmente al glorioso fundador a la suerte de San Juan. El mismo año de la fundación regresa a Chile, y muy pronto la historia registra los pasos de este nuevo caballero de la Mancha, desfacedor de entuertos y desaguisados, por el Maule, el Andalién y el Bío-Bio en aucilio de Villagra. Si su nombre se perpetúa en San Juan es por línea colateral, por los descendientes de Rodrigo Jufré, poblador fundador de la ciudad, su sobrino, hijo de su hermano Diego que permaneció en Mendoza.

   De nuevo en Chile, sufre por segunda vez persecuciones, cárceles y procesos, fruto de envidias e intrigas políticas ante el tribunal de la Inquisición. Antes, tocado por el odio de Antonio de Ulloa hacia su amigo y jefe, Pedro de Valdivia (1548); ahora alcanzado por las rencillas de clérigos que desencadenan la llamada "lluvia de excomuniones" y por la injusticia "que se ha cebado sobre el nobilísimo Francisco de Aguife", su suegro, fundador de La Serena y valeroso explorador del Tucumán y Cuyo.

   Los años anteriores a su muerte (1578), transcurrieron en la capital del Mapocho, en cuya Plaza de Armas había levantado suntuosa casa contigua a la de Valdivia, honrado con las máximas dignidades como vecino prominente. Pero murió pobre, no sin antes haber insistituído una capellanía en favor del convento de Santo Domingo en Santiago, que en definitiva pagaría su esposa con bienes propios, junto con otras mandas. Fué sepultado en esa ciudad, en la iglesia de la Orden Dominicana, tan amada por la familia de Jufré.

   Dejó cuatro hijos: Francisco, Luis, Andrés y un sacerdote; y varias hijas, tres de ellas religiosas. Su hijo segundo, el general don Luis Jufré y Meneses, trasladó veinticinco cuadras al sur de su primitivo asiento la ciudad de San Juan, que había sido destruida por el río (1593); y al año siguiente, en busca de una salida al Atlántico para las poblaciones de Cuyo en la punta de los Venados, al pie de la sierra de Comechingones, funda la tercer capital cuyana, nacida San Luis de Loyola.

   Esta es la goria del general don Juan Jufré y de los de su nobilísima estirpe: conquistadores de Cuyo y fundadores de San Juan, San Luis y Mendoza, pues si el hijo lo fué de la segunda, el padre, además de la primera, lo fué de verdad, también de la última. Antes de terminar el siglo XVI "el nombre verdadero de esta útima (REsurrección), resultó suplantado en los documentos oficiales por el de una fundación ficticia (Mendoza), que en el orden legal se declaró nula por ilegítima y en el orden de los hechos no llegó a tener existencia material".

   Si todo Cuyo adeuda a don Juan Jufré el justo homenaje por tales títulos, San Juan débeselos por su nacimiento, por su nombre y por su propio blasón de familia, que es hasta ahora escudo de su ciudad capital.

   Escudo de armas de Jufré: Partido. Armas de plata con cuatro flores de lis de sable, orlado por el lema Superbus gladio fidelis proemio (Al soberbio el castigo, al fiel el premio).


Horacio Videla, "Retablo sanjuanino", Universidad Católica de Cuyo, San Juan, pp. 47-51.