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sábado, 12 de marzo de 2016

¿JESÚS O BARRABÁS? (por Francisco Luis Bernárdez)


¿JESÚS O BARRABÁS?


Este ladrón es Jesús,
y este ladrón Barrabás.
¿A cuál de los dos queréis
que os entregue en libertad?
Es necesario elegir,
por toda la eternidad,
entre un ladrón verdadero
y este ladrón: la Verdad.

—¿Queréis que os suelte a Jesús?
—Suéltanos a Barrabás.


El uno roba los bienes,
el otro la voluntad;
aquél para su provecho,
éste para nuestra paz;
el primero por malicia,
el segundo por bondad;
Jesús para nuestro bien,
para su bien Barrabás.

—¿Queréis que os suelte a Jesús?
—Suéltanos a Barrabás.


El uno por lo de aquí
y el otro por lo de allá,
cada cual según su amor,
cada cual según su afán,
ambos despojan al hombre
de su vida y su caudal:
Barrabás, de todo el oro,
y Jesús de todo el mal.

—¿Queréis que os suelte a Jesús?
—Suéltanos a Barrabás.


Los dos esperan al hombre
sin cansarse de esperar:
Barrabás, días y noches,
Jesús, una eternidad;
cada cual a su manera,
cada cual en su lugar:
uno en las encrucijadas
y otro en la cruz de verdad.

—¿Queréis que os suelte a Jesús?
—Suéltanos a Barrabás.



Francisco Luis Bernárdez,
«Jesús y Barrabás», Versos de la Semana Mayor, pp. 140‑41.


    Con estos llamados «Versos de la Semana Mayor», el poeta argentino Francisco Luis Bernárdez nos lleva a la conocida escena del juicio de Jesucristo, el Hijo de Dios, ante Poncio Pilato, el gobernador de Judea. Lo hace con licencia poética propia del caso, por medio de Pilato, como si éste fuera un vidente que quisiera revelarnos sus pensamientos. Porque lo que Bernárdez pone en boca de Pilato no lo pudo haber sabido aquel gobernador romano con antelación al juicio. Pilato ni siquiera recibe el famoso recado de su esposa sino hasta después de haber comenzado el juicio, cuando ya le ha preguntado por primera vez a la multitud si quiere que le suelte a Barrabás o a Jesús, al que llaman Cristo. Y lo único que manda a decirle su esposa en ese recado es que no se meta con Jesús, al que ella llama justo, pues por causa de Él, ella acaba de sufrir mucho en un sueño (Mt 27, 17-19).
    Lo que hace Pilato, en la pluma de Bernárdez, es enfocar de un modo inusitado, pero bien pensado, la decisión funesta de la multitud. Con voz profética, le hace ver al pueblo judío que la verdad del caso es que no les corresponde escoger entre un justo y un ladrón, sino de cierto modo entre dos ladrones. Barrabás roba los bienes por malicia, para su provecho y su propio bien, mientras que Jesús roba la voluntad por bondad, para nuestro bien y para que tengamos paz. No es que Jesús nos robe la voluntad en el sentido de quitarnos el libre albedrío con que nos creó, sino todo lo contrario. Él nos roba la voluntad en el sentido de darnos la opción de permitir que, en nuestra vida, se haga su voluntad divina en lugar de la nuestra.
Bernárdez, en voz de Pilato, tiene razón acerca de la Verdad. Cristo, por amor, quiere despojarnos de todo mal para darnos, en su lugar, vida eterna. Y nos espera «sin cansarse de esperar», con los brazos abiertos, como lo ha hecho desde el momento en que dio su vida por nosotros en la cruz del Calvario hasta hoy, más de dos siglos después de que resucitó y se sentó a la derecha del Padre en la gloria celestial (Ro 8, 34). Ahora sólo nos toca decidir: ¿Vamos a darle a aquel Jesús plena libertad en nuestra vida?
Carlos Rey

jueves, 3 de marzo de 2016

LA NEGACIÓN DE SAN PEDRO




















El Gallo

Me dijeron: —¿Lo conoces?
Respondí: —No sé quién es.
Y el gallo, que me escuchaba,
cantó, por primera vez,
con una voz tan potente
que, sobre la tierra fiel,
arrastraba como un viento
mis promesas de papel.

El gallo cantó tres veces,
y otras tantas te negué.

¿Estabas con Jesucristo?
Jamás estuve con él.
Y el gallo, que me escuchaba,
cantó por segunda vez,
conmoviendo con su canto
la tierra bajo mis pies,
pero no el alma dormida
como una piedra en mi ser.

El gallo cantó tres veces,
y otras tantas te negué.

¿Eres uno de los suyos?
Ni lo soy ni lo seré.
Y el gallo, que me escuchaba,
cantó por tercera vez,
para que el mundo supiera
que ya estaba por nacer
un día que no sería
de arena, como mi fe.

El gallo cantó tres veces,
y otras tantas te negué.

Después de escuchar tres veces
mi traición y el canto aquél,
el Señor clavó los ojos
en mi corazón infiel,
y los hundió tan adentro
que de dolor desperté,
y ante la noche sagrada
lloré por primera vez.

El gallo cantó tres veces,
y otras tantas te negué.

Francisco Luis Bernárdez
«El gallo», Versos de la Semana Mayor, pp. 13839.

(Pintura: "La Negación de San Pedro", Caravaggio, Metropolitam Museum, New York.)



"...el Señor clavó los ojos en mi corazón infiel..."


            Así narra en verso el poeta argentino Francisco Luis Bernárdez la historia del gallo de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Lo hace de manera excepcional desde el punto de vista del apóstol Pedro: el mismo Pedro que quiso caminar con Cristo sobre el lago de Galilea, pero no tuvo suficiente fe para lograrlo;[1]  el mismo Pedro que no pudo mantenerse despierto en el huerto de Getsemaní mientras Cristo velaba en oración;[2] el mismo Pedro que, por no comprender que Cristo tenía que morir por los pecados del mundo, le cortó la oreja al siervo del sumo sacerdote cuando Judas entregó a Cristo en manos de sus enemigos.[3]
           Esa misma noche, mientras aquellos enemigos procesaban a Cristo injustamente a fin de crucificarlo, Pedro lo negó tres veces,[4] ¡a pesar de que Cristo mismo le había dicho que iba a hacerlo y Pedro le había asegurado que eso jamás sucedería![5]  Pero esa es la parte del relato de Bernárdez que ha hecho historia, acuñada en dichos y refranes, que conocen hasta los que no son seguidores de Cristo.

            La parte que está en tela de juicio, en la que se toma licencia poética el escritor argentino, es la frase al final del poema en la que dice que, cuando el gallo de la Pasión cantó por tercera vez, Pedro lloró por vez primera. No podemos saber con certeza si fue por primera vez, porque el texto bíblico no arroja luz sobre esto. Pero tratándose del que, al parecer, era el más valiente de los apóstoles, es probable que esa haya sido la primera vez que Pedro llorara y, más aún, «amargamente», como dicen las Sagradas Escrituras.[6]
            Menos mal que Pedro permitió que se rompiera el dique de sus lágrimas, pues a causa de su arrepentimiento sincero Jesucristo lo restituyó, preguntándole tres veces si de veras lo amaba. Con eso Cristo le dio a entender que ya lo había perdonado por las tres negaciones.[7]  Y con eso Pedro pudo experimentar en carne propia la veracidad de la bienaventuranza de Cristo que dice: «Dichosos los que lloran, porque serán consolados.»[8] 

Carlos Rey





[1] Mt 14:22-33; Mr 6:45‑51; Jn 6:15‑21
[2] Mt 26:36‑46; Mr 14:32‑42; Lc 22:40‑46
[3] Mt 26:51‑56; Lc 22:49‑53
[4] Mt 26:69‑75; Mr 14:66‑72; Lc 22:55‑62; Jn 18:16‑18,25‑27
[5] Mt 26:31‑35; Mr 14:27‑31; Lc 22:31‑34
[6] Mt 26:75; Lc 22:62
[7] Jn 21:4‑19
[8] Mt 5:4