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jueves, 25 de mayo de 2017

REVOLUCIÓN DE MAYO II: La religiosidad en la revolución de mayo y los mitos de la “réplica” a la Revolución Francesa y de las ideas de Rousseau.


Hace un tiempo publicábamos aquí el comienzo de una entrevista realizada a Roberto Marfany. Ahora publicamos la segunda parte de dicha entrevista, cuya voz la tiene Federico Ibarguren. Luego publicaremos el cierre, con un intercambio de palabras entre ambos historiadores.


Federico Ibarguren: Comienzo agradeciendo a la Universidad de Belgrano la invitación que me h hecho para tratar un tema de gran importancia para nosotros, ya  que en 1810, como consecuencia de la acefalía española, comienza a delinearse lo que más tarde sería el Estado argentino. Es un comienzo tímido, evidentemente, pero concluyó finalmente en la Nación argentina, en el Estado argentino independiente. No tenían esa claridad de miras los que formaban parte de la generación criolla de 1810, precisamente por las razones que acaba de dar el doctor Marfany.
         Se habla mucho de la Revolución de Mayo con un criterio moderno, con un criterio actual. Porque nosotros entendemos por “revolución” algo distinto de lo que se entendía entonces. Para nosotros una revolución  es un cambio total, que se da inclusive mediante métodos violentos, repudiando el pasado, porque el concepto de “revolución” ha tenido ese comienzo en la mentalidad europea puramente racionalista.
         En el siglo XVIII el racionalismo trastocó los conceptos políticos y transformó la auténtica historia vivida en  historia ideológica. De ahí que las historias del siglo XIX –y la historia argentina particularmente– hayan sido escritas con un criterio más ideológico que histórico, apartándose de la letra de los documentos y forzando la interpretación del pasado para ponerlo de acuerdo con un sistema de ideas o con una filosofía política determinada. Y eso ha distorsionado, por añadidura, el concepto de la Revolución de Mayo. No se trató de una revolución tal como nosotros la entendemos hoy en día. Fue más exactamente una reacción. ¿Pero una reacción contra quién? No fue contra España en general ni contra la cultura española, que era nuestra. Hubiera sido como escupir al cielo. Fue una reacción que estaba directamente ligada a los problemas europeos y a la situación en que se encontraba la metrópoli. En ese momento, la Madre Patria era invadida por ejércitos extranjeros y enemigos. No olvidemos que Francia fue siempre la nación enemiga de España, ya desde la Edad Media, en virtud de que eran dos naciones ambiciosas y rivales, y de que además tenían una frontera común.
         ¿Qué pasaba en España? Napoleón había invadido el territorio directamente, después de la abdicación de los reyes, apoderándose de Madrid. En reemplazo de Fernando VII y Carlos IV, después de la Conferencia de Bayona, Napoleón puso a José I por su propia iniciativa, lo cual generó la tremenda reacción que fue el levantamiento del 2 de mayo de 1808. Esta reacción espontánea del pueblo español –que comprendía a todas las provincias de España- es el antecedente directo de nuestra revolución llamada “de Mayo”. Mayo de 1810 no es sino la réplica del gran levantamiento español de 1808 contra Napoleón Bonaparte. Vale decir que lejos de tener razón la versión ideológica que brindan ciertos libros de textos sobre la Revolución de Mayo, lejos de tener asidero la afirmación de que nuestra revolución de Mayo fue una especie de copia o plagio de la Revolución Francesa, de las ideologías rousseaunianas –e, inclusive, robespierranas-, fue precisamente lo contrario: una reacción contra eso, aunque posteriormente la facción de anglófilos discípulos de Miranda renegaran de la tradición invocando la “Leyenda Negra”. Mayo fue una reacción, en primer lugar, contra el tirano ateo que era Bonaparte, y en segundo lugar, contra todo el bagaje de ideas, filosofías, instituciones, etcétera, que levantaba Napoleón como bandera. Napoleón era caudillo de la Revolución Francesa en ese momento; sin él, dicha revolución hubiera pasado sin pena ni gloria, porque ha sido Napoleón precisamente quien le dio gloria, porque ha sido Napoleón precisamente quien le dio categoría política a nivel continental.
         De manera que se trató de una reacción en principio –contra la Revolución Francesa –como decíamos-; pero muchos autores se cuidan de afirmar esto y no lo consideran así, a pesar de que los documentos originales de la época son claros al respecto.


         Puede repasarse la colección de “La Gaceta” correspondiente a 1810, donde figuran todos esos documentos oficiales y al mismo tiempo los editoriales, muchos de los cuales eran atribuidos a Mariano Moreno, pese a que él nunca firmaba sus artículos. Se verá entonces que dichos artículos están condicionados por el movimiento español de 1808. Los hechos que se suceden en el Río de la Plata son la continuación de ese movimiento español que había estado dos años antes en España a consecuencia de la feroz acefalía producida por la invasión napoleónica. Además, como se sabe, Napoleón llevaba consigo todo un bagaje de ideas que repugnaban a la tradición hispánica, porque eran ideas que iban contra la profunda religiosidad católica de los españoles. Recordemos que durante todo el proceso de la Revolución Francesa hubo manifestaciones sacrílegas contra la Iglesia Católica, que culminaron con el famoso acto público donde Robespierre, en plena plaza de la Concordia, realiza un homenaje nacional a la diosa “Razón”. Vale decir que se iba contra el catolicismo tradicional, se perseguía a los sacerdotes, al clero. Recordemos las ejecuciones de sacerdotes que no quisieron jurar la famosa primera constitución liberal francesa, lo cual bastó para llevarlos a la guillotina. Hubo actos sacrílegos contra las iglesias, violación de monjas, etcétera.
         Todo esto, que está documentado, fue apoyado por las logias masónicas y, en última instancia, repercutió desfavorablemente en el espíritu de muchos hombres españoles y criollos del Río de la Plata.
         En 1810, el factor religioso –advertido por pocos-, la reacción religiosa contra el ateísmo de los regicidas franceses, era un elemento muy importante. En uno de mis libros –Así fue Mayo– pongo de manifiesto la importancia del factor religioso en el movimiento revolucionario de 1810. Voy a leer dos documentos muy breves: uno de 1809 y otro de 1810. Se trata de dos poemas, uno anónimo y el otro de autor conocido, que han sido publicados. El soneto que leeré ahora fue descubierto por el padre Furlong, y lo tomó de “La Gaceta”. Sucede que ya hacia 1809 el virrey Cisneros publicaba esta Gaceta oficial, en la que se daban noticias de la guerra contra Napoleón. Se trata, como decía, de un soneto, y está firmado por Pedro Tuella. Se titula “Odio a la Francia”, pero no se trata de un odio a la cultura francesa ni a la nación gala como tal, sino a la Revolución Francesa, de la cual dicen nuestros historiadores liberales que la Revolución de Mayo fue su réplica. He aquí el poema de Tuella, vate criollo nacido en Entre Ríos:
“Fuera de aquí, franceses; execrado
sea el que tenga afecto a estos indignos;
fuera de estos países argentinos
los que a Cristo la guerra han declarado;

fuera de Buenos Aires, que es sagrado,
donde no se da asilo a libertinos.
Fuera bonapartistas, jacobinos,
y venga acá Fernando el suspirado.

Viva España, porque ella solamente
como Madre amorosa tiene anhelo
De hacer a Buenos Aires floreciente.

Viva el hispano astro de consuelo
que fijó en Buenos Aires su ascendiente
Horóscopo feliz de nuestro suelo”.

         Para que nos e me diga que esto era propaganda instrumentada por Cisneros en beneficio de la Madre Patria, les diré que también en 1810, estando ya en el gobierno la Primera Junta criolla, se publica en “La Gaceta” –pero en “La Gaceta” anticisnerista- N° 21 del 25 de octubre del año 1810 –es decir, a unos cuantos meses de mayo-, un poema anónimo o “Canción Patriótica”, como se lo llamó, que era repetido por el pueblo en las calles, a la manera de un sonsonete o “slogan” con los temas fundamentales de la revolución porteña. Esos temas contradicen por completo la versión de que la Revolución de Mayo tiene la misma filiación que la Revolución Francesa.
         Si bien la canción es anónima algunos historiadores atribuyen la letra a Fray Cayetano Rodríguez, pero no hay seguridad al respecto. Dice así:

“Viva compatriotas
nuestro patrio suelo,
y la heroyca Junta
de nuestro Gobierno.
Heroycos patriotas
en unión cantemos
a la madre patria
sonoros conceptos;
ella que os ofrece
tesoros inmensos,
unión fraternal
sólo os pide en premio…

(…)

No es la libertad
que en Francia tuvieron
crueles regicidas
vasallos perversos:
si aquéllos regaron
de su patria el suelo
con sangre nosotros
flores alfombremos.
“La infamia y el vicio
fue el blanco de aquéllos
heroyca virtud
es el blanco nuestro:
allí la anarquía
extendió su imperio
lo que es en nosotros
natural derecho.

Nuestro Rey Fernando
Tendrá en nuestros pechos
su solio sagrado
con amor eterno:
por Rey lo juramos
lo que cumpliremos
con demostraciones
de vasallos tiernos.
Mas si con perfidia
el corso sangriento
a nuestro Monarca
le usurpare el Cetro
muro inexpugnable
en unión seremos
para no admitir
su tirano imperio.

Si la Dinastía
del Borbón excelso,
llega a recaer
en José Primero:
nosotros unidos
con heroyco esfuerzo
no hemos de adoptar
su intruso gobierno.

La América tiene
el mismo derecho
que tiene la España
de elegir gobierno;
si aquélla se pierde
por algún evento,
no hemos de seguir
la suerte de aquéllos.[1]

(…)

“La infame doctrina
del vil Maquiavelo,
esos egoístas
tenaces siguieron,
sin amor al Rey,
ni a la Patria menos,
son de nuestra ruina
el cruel instrumento.
Nuestra desunión
Fue el primer proyecto,
Que para destruirnos
inventaron ellos;
heroycos patriotas
ahora estáis en tiempo
de hacer que se frustre
un plan tan funesto.

“Amor, paz y unión
sea nuestro objeto
y la Religión
del Dios verdadero;
con las bellas artes
será nuestro suelo
otra antigua Roma…
parayso ameno.

Guerras intestinas
destruyen los reynos;
pero con la unión
se forman imperios;
unión compatriotas,
que así triunfaremos,
sellando en los fastos
futuros recuerdos.

Si hubo un Wassinton
en el norte suelo,
muchos Wassintones
en el sud tenemos;
si allí han prosperado
artes y comercio;
valor compatriotas
sigamos su exemplo”.[2]

         Estos documentos que acabo de leer se multiplican. En “La Gaceta” –diario oficial- hay innumerables pruebas y testimonios que corroboran la citada posición política de reacción contra Francia y la Revolución Francesa. Y, por supuesto, contra Napoleón, que era su abanderado: “el tirano ateo”, como le llamaban entonces. Esta posición atea era verdaderamente inaceptable para un español auténtico y para un criollo hijo de españoles. Así transcurre todo el año 1810.
         Existe, además, un motivo jurídico que se constituye en un argumento más a favor de la tesis a que se refería el doctor Marfany, acerca de que la llamada Revolución de Mayo no fue, en un principio, una revolución, sino una reacción –y, más que nada, una “restauración”-. Por lo menos ése era el planteo teórico del grupo mayoritario que dirigía Cornelio Saavedra. Ansiaban éstos un gobierno propio, libre de ataduras con el Consejo de Regencia de propio, libre de ataduras con el Consejo de Regencia de Cádiz, cuya constitución consideraban “ilegítima”; pero leal, eso sí, al rey Fernando y a las amenazadas tradiciones de España.
         En este orden de cosas, es interesante considerar los argumentos esgrimidos por los criollos, especialmente en el famoso Cabildo Abierto del 22 de mayo, cuando le tocó hablar a Juan José Castelli. Al respecto, el doctor Marfany tiene un opúsculo muy interesante en el que hace el análisis de las palabras de Castelli, que se manejó en forma ortodoxa y tradicionalista en relación a las teorías del derecho público español anterior a la época. Me estoy refiriendo a la doctrina del padre Suárez, quien sostenía que la soberanía era de las comunidades vernáculas y no de los príncipes o de otros pueblos en caso de acefalía. Esto ya lo afirmaban las antiguas leyes españolas. Castelli hizo una exhumación de la vieja tradición española del tiempo de los Habsburgo, citando las leyes anteriores de las Partidas y también de la Recopilación de Indias en 1860. Esta legislación preveía, en caso de acefalía, la reunión de los representantes de cada comunidad en Cabildo Abierto, quienes precisamente decidirían allí la forma de gobierno a adoptarse, supliendo la falta de rey legítimo (Partida II, Título I, Ley IX sobre acefalía y Recopilación de Indias, Ley I, Título I, Libro III sobre la Corona de Castilla). Y ese mismo fundamento jurídico tiene el célebre voto de Saavedra al invocar la soberanía de nuestro “pueblo” en la emergencia.
         En estas antiguas leyes se basó la teoría política para recuperar la soberanía del “pueblo” de Buenos Aires en 1810, y no en las doctrinas novedosas del racionalismo francés, ni en Rousseau ni en Montesquieu. En realidad, no se estaba en presencia de una revolución, en el sentido que ahora damos a esta palabra: golpe de fuerza, lucha de clases, etcétera, sino en el de una verdadera restauración de viejas leyes que habían caído en desuso. No se trataba de ir contra España; simplemente, se actuaba en beneficio del Río de la Plata, guiándose por una especie de instinto de conservación “legalista” y no por ideologías. Algo más tarde, al promediar 1810, desde el gobierno el “morenismo” intentó otra cosa, pero fue barrido en diciembre por la Junta Grande.”


Roberto Marfany y Federico Ibarguren, La Revolución de Mayo, en AA. VV., "Historia Argentina", Editorial de Belgrano, 1977, Buenos Aires, pp. 16-24.



[1] En una de las estrofas de esta “Canción Patriótica”, se ve claramente la tesis jurídica de derecho público que aquí repetían los criollos de 1810, extraída de los famosos principios del padre jesuita granadino Francisco Suárez, quien definió en su momento la verdadera doctrina política española, estableciendo que la soberanía radicaba en la comunidad y no en los príncipes, y esta comunidad, en casos de acefalía, podía por sí misma elegir a sus gobernantes mediante un “pacto”.
[2] En la última estrofa que acabo de leer se insinúa, ante la hiótesis previsible de que España cayera para siempre en poder hipótesis previsible de que España cayera para siempre en poder de José Bonaparte, la posibilidad y la necesidad de independizarse de José Bonaparte, la posibilidad y la necesidad de independizarse –apelando a un Washington nuestro- para no convertirnos en franceses.

domingo, 24 de mayo de 2015

REVOLUCIÓN DE MAYO I: Los mitos de "la máscara de Fernando VII" y el ideal democrático que inspiró la Revolución

Publicamos aquí la primera parte de la ponencia sobre la Revolución de Mayo hecha por Roberto Marfany, el 15 de junio de 1977 en la Universidad Belgrano. Allí también participó el historiador Federico Ibarguren. Pero sus palabras la dejaremos para más adelante...



     Agradezco a la Universidad de Belgrano la invitación espontánea y cordial para ocupar esta cátedra de Historia Argentina con una conversación -no una conferencia- que tiene por objeto tratar el tema de la Revolución de Mayo, de especial gravitación en nuestra vida política y social. Hecho histórico de la mayor trascendencia, porque es la definición esencial de la voluntad de ser de una comunidad creada y formada bajo el dominio de la España Imperial, que le había impreso su propia modalidad y carácter.

     Se ha dicho que la Historia es al mismo tiempo pasado, presente y futuro. En realidad, la Historia es presente. Podríamos definirla diciendo que "son las cosas vivas de los tiempos muertos". Pasado es el tiempo, los hombres, los hechos. Presente, las realizaciones humanas que trascienden a la comunidad, infundiéndole nuevos comportamientos dentro de su propia índole, porque las transformaciones sociales con legitimidad histórica siempre se rigen por sus antecedentes; así, cada generación recibe los elementos fundamentales de la que procede, no obra a saltos o por improvisación.

     Para entender la Revolución de Mayo debemos colocarnos en la situación a través de la cual nuestros antepasados contemplaron el mundo que los rodeaba. La Revolución fue, sin duda, pensada con responsabilidad, discerniendo los medios idóneos con que realizarla y las posibilidades futuras de subsistencia ante la transformación producida por el dominio de Napoleón en Europa y particularmente en España.

     Tampoco se debe perder de vista la verdadera dimensión de la Revolución en sus principios generadores y en sus consecuencias. En primer lugar, es necesario saber que aquellos antepasados nuestros tenían conciencia de que formaban parte de un imperio que comprendía diversos países distribuidos por todo el globo, pero que fundamentalmente formaban parte de la nación española.
Para comprender los hechos históricos tenemos que ubicarnos en el plano mental de quienes los realizaron. antes se decía "hacerse antiguo". después, el filósofo e historiador Benedetto Crocce afirmó que la Historia es "idealmente contemporánea", refiriéndose a la relación del historiador con el acontecer que estudia. No trasladando los hechos a la contemporaneidad del observador, sino éste a los hechos pretéritos para hacerse contemporáneo de los mismos. Es el único método para conocer objetivamente la Historia, cuando se trata de recrear el pasado.

     Por falta de comprensión y ubicación en el plano mental, social y político de los hombres de 1810, muchas veces se han interpretado erróneamente las causas y fines de aquel gran acontecimiento, que ha sido conocido -por falta de perspectiva- solamente en su aspecto episodio pero no en sus fines.

     Por ese error interpretativo se ha dicho que la Revolución de Mayo fue un movimiento político de oposición a la monarquía española y a España, con la finalidad de crear un gobierno independiente y democrático. Ninguna de esas opiniones concuerda con la realidad. En 1810 Buenos Aires era una aldea de 60.000 habitantes, con sus aledaños, situada en el confín del inmenso mundo imperial, pero con suficiente energía como para afrontar una empresa política muy superior a su poder material. Había calidades, sin duda, en aquellos hombres; un sentido de destino colectivo que nosotros no conservamos con el mismo vigor. Nuestros antepasados dejaron testimonio de grandeza cuando, derrochando heroísmo, enfrentaron y derrotaron la primera y segunda invasión inglesa. También lo tuvieron para declarar la Independencia, para extender la guerra por Sudamérica, etcétera. De esas cúspides hemos ido descendiendo hasta perder el sentimiento patriótico que tenían nuestros mayores.

     Como no hemos sido capaces de hacer obras que superen a las de los antepasados, repetimos conceptos que ellos pronunciaron con convicción, porque caracterizaban su propia conducta. Cuando decimos "Sean eternos los laureles que supimos conseguir", hay que preguntarse si es cierto, si hemos conseguido laureles por nuestros méritos propios. Creo que no. Ellos sí consiguieron laureles, porque fue la generación que hizo la Revolución de 1810, instauró un gobierno autónomo y luchó en la Guerra de la Independencia.

     Nuestra Revolución de Mayo es producto legítimo del espíritu español. En España, pongamos por caso, entra el ejército de Napoléon y ocupa Madrid ante el asombro, la confusión y la indignación de sus habitantes. En esas circunstancias trágicas en que se paraliza la reacción, el alcalde de Móstoles, una pequeña aldea cercana a Madrid, declara públicamente la guerra a Napoleón yh enciende la hoguera con poco más de un centenar de hombres armados con escopetas, horquillas y agujas de coser colchones. Entre nosotros sucede algo parecido. Buenos Aires, una aldea del Imperio español, se yergue contra el inmenso poder de Napoleón. La desproporción es asombrosa. La Revolución repito, no se hace contra el rey ni contra la España Imperial, sino contra Napoleón, a quien llaman "tirano", y contra la ideología y los hechos de la Revolución Francesa.

     La interpretación de que en 1810 se produce un cambio total de valores se aplicaría también al problema de la libertad. Los teólogos y juristas españoles dicen que el hombre nunca pierde la libertad, aunque quisiera, porque la libertad está implícita en la naturaleza humana. Así, nuestros antepasados no podían ni querían transformar los principios originarios y fundamentales de su comunidad, que tenía una antigüedad de tres siglos, para jugarla en una aventura política de alcances imprevisibles.

La prueba de que respetaron esa estructura es el hecho de que la Junta de Gobierno, que llamamos Junta Patria, gobernó, según propias palabras, "a nombre de Fernado VII". Esa adhesión a Fernando, que era el centro del Imperio y su forma de gobierno, continuaba la tradición histórica.

     No es fácil que entendamos esa proyección histórica, porque no tenemos conducta histórica. Estamos acostumbrados a la rotación de los hombres de gobierno en períodos breves, sin que exista entre ellos el mismo concepto de ideales nacionales, y por eso cambiamos de dirección continuamente, sin que tengamos una tabla de valores esenciales que debamos cumplir inexorablemente.

En 1810, por el contrario, había una idea clara de continuidad. Por eso, la adhesión a Fernando VII no es el acatamiento a su persona, sino que se trata de mantener en él la unidad del Imperio dentro del sistema político y social que le daba subsistencia. Ellos tenían sentido histórico y nosotros no.

     Cuando hablamos de Historia no nos introducimos en ella con brío vital, sino por preocupación intelectual, y lo importante es que nuestro acercamiento sea vital. Aquellos antepasados nuestros tenían conciencia histórica y por esa convicción pudieron hacer la Revolución. Porque en los grandes sucesos tiene que haber una actitud plena y un convencimiento absoluto.


La Revolución de Mayo promueve el cambio del gobierno local -la destitución del virrey- no para suplantar a la monarquía, a la cual se jura fidelidad sincera -lo cual no fue una "máscara", como han interpretado con evidente error la mayor parte de nuestros historiadores, que confundieron los fines de la Revolución-. El propio Mariano Moreno, para citar el caso al que más se recurre para justificar la supuesta implantación de la democracia, en artículos publicados en "La Gaceta" de Buenos Aires -periódico oficial de la Junta Patria-, propone que se dicte una constitución para el "deseado Fernando". La misma Junta -"a nombre de Fernando VII"-, en diversos comunicados que en su mayoría se publicaron en "La Gaceta", proclama fidelidad al monarca español cautivo de Napoleón. La Junta es una especie de regencia del rey en el Río de la Plata, sustitutiva del virrey, que asume la soberanía del rey, llamado también soberano, y no la soberanía del pueblo. Esta solución no era improvisada; tenía realidad jurídica y doctrinaria.



   Las obras jurídicas españolas que en esa época usaban los abogados de América reconocen el derecho de que faltando el rey, la potestad vuelve a la comunidad, que suple la vacancia; esto deriva del principio de que el poder de gobernar se origina en la comunidad. Y aunque se admite que el rey gobierna "por la Gracia de Dios", esto no quiere decir que Dios lo haya nombrado directamente, sino que recibió el poder a través de la comunidad en la cual Dios infundió en cada individuo el derecho a ser elegido.

     Los historiadores han encarecido la filiación democrática de la Revolución de Mayo, y sobre todo la intención de Mariano Moreno a favor de ese sistema de gobierno, inspirado en Rousseau. Es verdad que Moreno fue epígono de Rousseau, pero éste no exaltó la democracia como el mejor sistema de gobierno. Lo que Rousseau y Moreno defendieron fue la "República" que, como dice el propio Rousseau, se puede dar con cualquier sistema de gobierno, ya sea monarquía, aristocracia o democracia, con tal de que tenga el consentimiento de la mayoría de los ciudadanos. Esto es lo que se llama "República".

     Sin duda, es un error garrafal considerar a Rousseau como el penegirista de la democracia y el detractor de la monarquía. Rousseau, a quien se atribuye la paternidad de la democracia moderna, no fue su defensor, pues dice en el "Contrato Social"  que no hay gobierno más dado a las disensiones y guerras domésticas que el democrático o popular, porque todos quieren mandar y quienes están en el gobierno no lo quieren soltar. Sucede que uno de los problemas de la democracia es la igualdad. Somos iguales desde el punto de vista jurídico, pero somos distintos, dado que de cada hombre hay un solo ejemplar; dentro de la multitud, cada persona es un ser inconfundible. Afirma Rousseau que "si existiera un país de dioses -es decir, todos iguales- se gobernaría democráticamente. Un gobierno tan perfecto no es para hombres". Este es el juicio de Rousseay sobre la democracia, muy distinto, por cierto, al que suelen enseñar los profesores de esa asignatura anodina que llaman "Educación Democrática".

     Creo que con lo dicho han quedado en claro los planteos generales, es decir, el panorama que se abre para los hombres de Mayo de 1810 en Buenos Aires: establecer un gobierno para cubrir la acefalía producida por la caída del gobierno español de la península.
(...)


Roberto Marfany y Federico Ibarguren, La Revolución de Mayo, en AA. VV., "Historia Argentina", Editorial de Belgrano, 1977, Buenos Aires, pp. 11-16.